Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Mientras el Perú se desangra en manos de mafias, la presidenta Dina Boluarte ha identificado la prioridad nacional: los océanos. Sí, no es broma. La mandataria ha solicitado autorización al Congreso para viajar a Niza, Francia, del 7 al 11 de junio, y participar en la III Conferencia de Naciones Unidas sobre el Océano. Porque si bien tenemos un país con hospitales colapsados, niños con anemia, regiones abandonadas y un Congreso que legisla a ritmo de blindajes, al menos las olas estarán bien representadas.
En esta nueva entrega de la serie “Presidenta sin fronteras”, Boluarte cambiará las conferencias de prensa por reuniones con Emmanuel Macron y otros jefes de Estado, donde, suponemos, expondrá su vasta experiencia en la gestión de… arrecifes.
Según el Ejecutivo, la cumbre reviste “la mayor importancia política”. Más importante, al parecer, que el Gabinete que ese mismo 12 de junio deberá pedir el voto de confianza ante el Congreso. ¿Coincidencia? ¿Desplante calculado? ¿Escape estratégico? Usted elija el nombre que quiera. Pero el mensaje está claro: si hay que escoger entre enfrentar a una oposición molesta o posar para la foto en la Riviera Francesa, la decisión está tomada.
Se ha prometido que en la visita se firmará un convenio para eliminar la doble tributación entre Perú y Francia. Porque todos sabemos que eso resolverá los problemas del pescador en Sechura, del agricultor en Ayacucho o de la madre que busca medicinas en Villa El Salvador. ¡Por fin un tratado para quienes invierten en bonos franceses desde su mototaxi!
Y no se preocupe por la seguridad interna, ni por el alza de asesinatos, ni por las mafias que controlan distritos enteros: el Perú, nos dicen, seguirá siendo gobernado mientras la presidenta viaja. ¿Cómo? Fácil: con piloto automático, ese modelo de gobernanza en el que todo parece seguir igual… porque nadie está al volante.
El congresista Roberto Chiabra lo ha calificado de “inoportuno”. Pero el problema no es solo el momento. El problema es la obsesión con la fachada internacional, con ese maquillaje diplomático que intenta esconder el derrumbe interno. Nos quieren vender la imagen de una presidenta ambientalista, preocupada por los océanos, cuando su gobierno naufraga día a día en corrupción, desgobierno e impunidad.
No hay lugar más seguro para Boluarte que un escenario internacional donde no le preguntarán por los Rolex, ni por las joyas, ni por las investigaciones fiscales. En Niza nadie mencionará a las víctimas de extorsión ni a los fiscales acosados por investigar a los poderosos. En la Riviera no hay periodistas incómodos, solo discursos sobre sostenibilidad y fotos con banderas.
Y mientras tanto, el Perú avanza… hacia atrás. El crimen organizado campea, la anemia infantil sube, la inversión extranjera se retrae, y el Congreso sigue dedicando sus esfuerzos a blindar a sus propios miembros. Es decir, todo bajo control.
Así va el Perú: gobernado por Zoom, representado por hologramas y sostenido por discursos de cartón. Mientras nos prometen liderar en gobernanza oceánica, se olvidan que la verdadera marea que enfrentamos es la del caos, el miedo y el hartazgo ciudadano.
¿Quiere hablar de sostenibilidad, presidenta? Hablemos de cómo sostener un país sin justicia. ¿Quiere hablar de gobernanza? Empiece por gobernar. ¿Quiere representar al Perú en el extranjero? Primero represente a los peruanos en su propio país.
Porque mientras Dina Boluarte busca consolidar su imagen internacional, en casa la democracia flota a la deriva, sin timón, sin capitán y sin esperanza de ver tierra firme.
Y así, con la patria secuestrada por mafias, blindajes y desgobierno, nos queda solo una certeza: los océanos pueden estar en buenas manos… pero el Perú no.
