Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Perú está sentado sobre una bomba tectónica. No es novedad. Vivimos sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, esa zona donde la tierra decide recordar, cada cierto tiempo, que aquí no hay lugar seguro. Y sin embargo, lo único que parece verdaderamente blindado ante un sismo de 8.8 grados no son nuestras edificaciones, ni nuestras ciudades, ni nuestros hospitales: es la indiferencia del Estado. El gobierno de Dina Boluarte se llena la boca hablando de preparación, pero lo que nos ofrece no es un plan integral de mitigación, sino una colección de simulacros teatrales, comunicados reciclados y tips dignos de un programa matinal. Mientras tanto, los distritos más vulnerables esperan un milagro, no una política pública.
Nos dicen que “estamos preparados”. Que “los hospitales están listos para recibir heridos”. Que “los bomberos cuentan con las herramientas necesarias”. Todo parece funcionar… en los informes. Pero basta caminar por un hospital público o conversar con un rescatista para entender que esa versión oficial es una fantasía peligrosa. No hay suficiente personal médico capacitado, no hay reservas de alimentos, ni plantas potabilizadoras, ni generadores, ni protocolos articulados entre regiones. El Perú tiene 33 millones de habitantes, pero actúa como si pudiera atender un desastre con un par de carpas, una mochila de emergencia y mucha fe.
Y es que el gobierno de Dina Boluarte —como tantos otros— ha convertido la gestión del riesgo en un ritual simbólico. Se organizan simulacros con aplausos, se reparten folletos de colores, se llena Twitter de hashtags preventivos… pero no hay un plan real. Nadie detalla cuántos helicópteros estarán disponibles, qué rutas de evacuación existen en cerros densamente poblados, cuántos medicamentos están almacenados en zonas críticas. ¿Y el presupuesto? Bien gracias. Se va en consultorías que concluyen que «faltan cosas», o en auditorías que llegan cuando ya todo colapsó.
El ministro de Salud no ha dicho cuántas camas de emergencia están operativas. Defensa no ha mostrado mapas logísticos ni simulaciones reales. El premier no ha mencionado una sola medida concreta para las zonas identificadas como más vulnerables. El plan de contingencia es tan integral que nadie lo ha visto. Parece que el único plan real es la resignación. Porque aquí la prevención es puro maquillaje: todo se ve mejor desde el podio, pero no desde los escombros.
Mientras tanto, las zonas de alto riesgo —como Ventanilla, Villa El Salvador, Chorrillos, San Juan de Lurigancho o las laderas de Carabayllo— están construidas sobre suelos frágiles y mal consolidados. Un informe del Ministerio de Vivienda y la UNI ya lo advirtió: si tiembla, allí se desploma todo. Y sin embargo, allí no hay reforzamiento estructural, ni planes de evacuación, ni centros de salud preparados para emergencias de alta escala. Pero eso sí, cada cierto tiempo nos piden que nos agachemos en el piso y sonriamos para la foto durante un simulacro nacional. ¡Misión cumplida!.
Y mientras los distritos de mayor vulnerabilidad aguardan el desastre sin red de protección, otras zonas como San Isidro, Miraflores o Magdalena —asentadas sobre suelos rocosos— pueden respirar con un poco más de tranquilidad. Porque incluso el riesgo sísmico es desigual en este país. La tierra tiembla para todos, pero los efectos se ensañan con los que menos tienen. Y el gobierno, en lugar de corregir eso, lo ignora con una sonrisa de conferencia de prensa.
Ni un solo ministerio ha presentado una estrategia concreta de mitigación ante un escenario de terremoto masivo. No hay almacenes descentralizados de víveres. No hay carpas suficientes para miles de desplazados. No hay logística para rescatar ni alojar a personas atrapadas o sin hogar. Nadie habla de coordinación real entre regiones. Nadie habla de la cadena de mando. Nadie habla de nada.
Conclusión
Si mañana tiembla, no será solo culpa de la naturaleza. Será también culpa de un gobierno que tuvo la advertencia científica, el tiempo para actuar y el poder para prevenir… y decidió no hacer nada. Nos va a aplastar el terremoto, sí. Pero antes, nos va a enterrar la desidia. Dina Boluarte y sus ministros han convertido la prevención en un decorado. Y cuando todo colapse, volverán a pararse frente a las cámaras con el mismo libreto de siempre: “nadie lo vio venir”. Mentira. Lo vimos venir todos. Y nadie hizo nada.
Lo peor no será el sismo. Lo peor será confirmar, una vez más, que el Estado peruano es muy bueno haciendo diagnósticos y promesas… pero absolutamente incapaz de salvar vidas cuando más se necesita. Porque aquí, incluso la tierra nos recuerda que vivimos bajo un régimen de negligencia institucionalizada.
