Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Hay cifras que no necesitan explicación. Un 8% de aprobación para el Congreso del Perú y un 88% de rechazo, según la última encuesta nacional de Datum, no es una casualidad estadística, ni un mal día de comunicación política. Es el resultado directo, firme y sostenido de sus propias decisiones. O mejor dicho, de su propio desprecio por el país. Si el Congreso hoy tiene menos respaldo que un influencer cancelado, es porque ha sembrado impunidad, ha regado el cinismo, y ha cultivado con esmero su propia desconexión. Y ahora, claro, cosecha el repudio.
¿Qué se puede esperar de una institución que ha convertido el hemiciclo en una agencia de empleos? Donde los asesores “de confianza” brotan por parentesco, por alianza o por cuota política, y no por mérito. ¿Qué resultado puede tener un Parlamento que legisla para blindarse, que archiva investigaciones con velocidad quirúrgica, y que convierte cada sesión plenaria en una antesala electoral para el 2026?
El Congreso no cayó del cielo con 8%. Trabajó duro para lograrlo. Blindó a Dina Boluarte frente al caso Rolex con tanta eficiencia que los ciudadanos se preguntan si también legisla relojería. Se negó a debatir proyectos de seguridad ciudadana mientras los sicarios tomaban barrios enteros. Ignoró los gritos de las víctimas de extorsión mientras se ocupaba de aprobar normas hechas a medida para amigos, aliados y financistas.
Y mientras tanto, su verdadera obra maestra: convertirse en una fábrica de escándalos. “Mocha sueldos”, contratos exprés, pasajes internacionales de lujo y leyes que benefician a unos pocos con nombre y apellido. La ciudadanía observa. Y cada bochorno tiene un precio. Hoy, ese precio es el 88% de rechazo. Una cifra que, en cualquier país serio, haría temblar los cimientos de la clase política. Aquí, solo genera ajustes en la estrategia de reelección.
Lo más desconcertante es que parecen creer que el problema es de percepción. Que el pueblo está confundido. Que hace falta “comunicar mejor”. Como si el rechazo masivo se debiera a una campaña mediática y no a la acumulación sistemática de traiciones legislativas. Como si la indignación nacional fuera una moda pasajera y no un grito de hartazgo.
Ocho por ciento. Ese es su techo. Y lo han conseguido a pulso. No con reformas, no con fiscalización, no con leyes justas. Lo han logrado blindándose entre sí, legislando para ellos, callando ante la violencia y tolerando —cuando no encubriendo— la corrupción.
Cada día que el Congreso ignora al país, su legitimidad se evapora. Cada ley hecha para beneficio de un pequeño grupo, cada blindaje, cada asesor fantasma, cada insulto a la inteligencia ciudadana, suma en esa cifra. Y el resultado ya no se puede maquillar: un Parlamento que solo representa a su propio reflejo.
Reflexión final
En las próximas elecciones, el país tendrá que decidir si quiere repetir esta historia o romperla. Ninguno de los 130 actuales merece volver si se mide el mérito por servicio. Porque el Congreso no cayó al 8% por accidente. Cayó por mérito propio. Por insistencia. Por coherencia en lo peor. Y si el Perú aún quiere tener futuro, deberá empezar por limpiar el pasado que hoy ocupa curules y se niega a soltar el poder.
Blindarse sirve para sobrevivir, no para gobernar. El Congreso lo sabe. Pero le da igual. Porque su única cosecha es la del rechazo… y parece que todavía creen que pueden venderla como éxito.
