Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Si el alma del fútbol tuviera un precio, probablemente estaría en rebaja junto a las entradas del Mundial de Clubes 2025. Porque mientras Gianni Infantino sonríe en la Casa Blanca con una carpeta llena de cifras millonarias y promesas de impacto económico, el balón rueda sin alma y los estadios suenan más a centro de convenciones que a templo deportivo. Se prometió una revolución del fútbol, pero lo que se ha montado es una feria de negocios con camisetas puestas. Más millones, menos fútbol. Más política, menos pasión. Y lo que debía ser una fiesta global hoy es una vitrina deslucida, sin emoción, sin competencia real y con un sospechoso silencio en las gradas.
2000 millones en ingresos, 0 goles en el debut
Todo empezó con cifras rimbombantes: 2.000 millones de dólares proyectados, 32 equipos, 63 partidos, y un modelo de reparto “más justo” donde la FIFA se queda la mitad y los clubes la otra. Parecía la fórmula perfecta… hasta que empezó el torneo. El primer partido, Inter Miami vs Al Ahly, terminó 0-0, con más bostezos que emociones. El segundo, un 10-0 del Bayern al Auckland City, fue directamente una radiografía del abismo competitivo.
Pero eso sí, los gráficos de PowerPoint están felices: el campeón ganará 150 millones de dólares. Aunque para ganarlos tenga que vencer a equipos que, en muchos casos, no pasarían una ronda en una Copa doméstica.
¿Un Mundial o una expo corporativa?
Arabia Saudí, Coca-Cola, Budweiser, DAZN, Visa. Patrocinadores no faltan. El fútbol se vende mejor que nunca, pero ¿qué se está vendiendo realmente? Porque lo que vemos en la cancha es un remedo del espíritu competitivo. Equipos clasificados por rankings algorítmicos, partidos sin equivalencias, estadios medio vacíos y un público más intrigado por el merchandising que por el marcador.
Infantino no está organizando un torneo: está cerrando negocios. Y el fútbol, mientras tanto, es el decorado. Eso que suena de fondo mientras se firman acuerdos televisivos por 1.000 millones de dólares y se reparten premios que multiplican por diez lo que alguna vez ofrecía el viejo formato con siete equipos.
Política migratoria, entradas rebajadas y fans ausentes
Y como si el desbalance deportivo no fuera suficiente, el contexto migratorio estadounidense añade otra capa de ironía. Hinchas controlados por ICE y CBP, estadios militarizados, visados negados y una experiencia de “fan engagement” que parece más inspirada en un aeropuerto que en un estadio.
¿Y el público local? Responde con elocuente silencio. Ni Messi ha logrado llenar los estadios. La FIFA ha tenido que bajar las entradas hasta en un 84% para disimular la frialdad del evento. Lo que debía ser un mar de banderas se ha vuelto un mar de sillas vacías con luces LED.
Una vitrina para pocos, un mensaje para todos
La FIFA asegura que este modelo beneficia a todos. Pero el reparto de ingresos también refleja jerarquías: 38 millones para los clubes europeos, apenas 3.6 millones para los más pequeños. La lógica es clara: todos participan, pero algunos ganan. No hay torneo sin desigualdad disfrazada de igualdad. La “democratización” del fútbol termina siendo una oligarquía del rendimiento económico.
¿Dónde quedó la competitividad? ¿Dónde la emoción de ver al débil complicar al gigante? Aquí no hay David ni Goliat. Solo está el Excel y el negocio. El fútbol como experiencia universal ha sido reemplazado por el fútbol como producto financiero.
El Mundial de Clubes 2025 será recordado, probablemente, como el torneo que lo tuvo todo… menos alma. Tuvo dinero, patrocinadores, estadios relucientes y un logo global. Pero no tuvo hinchas cantando con el corazón. No tuvo partidos memorables. No tuvo competencia verdadera. Fue un producto impecable… y vacío.
Reflexión final
Cuando el fútbol deja de ser juego y se convierte en negocio puro, el resultado es este: más millones, menos emoción. Más sponsors, menos épica. Y aunque el balance financiero cierre en verde, el balance emocional está en números rojos. El espíritu del fútbol no cabe en un contrato. Y si no vuelve pronto a la cancha, quizás lo que estamos viendo no sea el futuro del fútbol… sino su parodia más costosa.
Nos vemos en la siguiente edición. O en la próxima junta directiva.
