Mundial de Clubes: curiosidades y desaparición del alma del fútbol

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Un torneo de 32 equipos, premios por mil millones de dólares, árbitros con cámaras en la cabeza, VAR con altavoz y entrenadores haciendo cambios por tablet. Todo suena a una fiesta tecnológica, una revolución del fútbol… hasta que uno se sienta a ver los partidos. Entonces, la emoción desaparece y queda un producto frío, brillante por fuera y hueco por dentro. El Mundial de Clubes 2025 no solo aniquiló la esencia competitiva: lo hizo con presupuesto récord, con himno pop, con un guion digno de videojuego… y sin alma. Lo que Infantino prometió como “el futuro del fútbol”, terminó siendo un showroom corporativo donde se exhibe todo menos fútbol real.

Del alma a la app: la FIFA lo hizo otra vez
Se anunció con bombos y platillos: 32 equipos, 12 sedes en Estados Unidos, trofeo dorado con grabado multilingüe, Robbie Williams y Laura Pausini entonando el nuevo himno mundialista y Pitbull adaptando a Queen como soundtrack oficial. Hasta ahí, un desfile de marketing global. Pero bastó el pitazo inicial para que la realidad se colara: Inter Miami vs Al Ahly fue un bostezo de noventa minutos; Bayern Múnich 10, Auckland City 0 fue una sesión de tortura asimétrica. El fútbol, ese que emociona, se quedó en la aduana.

Las entradas bajaron hasta un 84% para ver a Messi. El Bayern jugó un partido digno de entrenamiento contra un equipo semiprofesional. Y los memes hablaron más del torneo que los goles. ¿Competencia global o espectáculo sin guion?

Tecnología con WiFi, espíritu sin señal
La ref-cam, el offside semiautomático, los cambios por tablet, los capitanes como voceros únicos, y la advertencia de que si el arquero retiene el balón más de ocho segundos, se cobra tiro de esquina. La FIFA rediseñó el reglamento como si se tratara de una app: intuitivo, vistoso y funcional. Pero nadie preguntó si alguien aún quería jugar con el alma.

La “regla Arteta” sanciona si un suplente toca el balón fuera del campo. La “presentación estilo NBA” convierte la salida de jugadores en un desfile de estrellas. Pero al momento de patear la pelota, todo parece un simulacro. ¿A qué estamos jugando exactamente?

Una Copa desigual, disfrazada de globalidad
El argumento de la FIFA era claro: este torneo le daría oportunidad a todos. Lo que no dijeron fue que esa “oportunidad” se traduce en un espectáculo de desequilibrios humillantes. ¿10-0 en el segundo partido del torneo? ¿Dónde está la competitividad? ¿O la sorpresa? ¿El mérito de llegar lejos?

Bayern no necesitó ni esforzarse. El rival apenas cruzaba mitad de campo. El partido parecía una práctica con público. Y los próximos duelos prometen más de lo mismo. El problema no es que equipos chicos participen: el problema es que participen sin posibilidades reales, solo para decorar un evento que se anuncia como plural, pero reparte millones según el ranking y la geografía.

Luces, cámaras… ¿dónde está el fútbol?
Los organizadores prometieron emociones, pero entregaron una pasarela tecnológica. Cada detalle fue pensado como una puesta en escena. Incluso el balón tiene “matices urbanos” y el himno de FIFA se llama Desire, como si el marketing pudiera reemplazar la pasión. Pero el deseo real de los hinchas no estaba en ver un show de efectos especiales. Estaba en ver partidos emocionantes, enfrentamientos genuinos, competencia de verdad.

En cambio, lo que ofrece este Mundial es un looping de partidos desiguales, futbolistas sin rival y gradas medio vacías con entradas en oferta. Infantino logró llenar la cuenta bancaria de la FIFA, pero vació su historia. Cambió la épica por el Excel.

El Mundial de Clubes 2025 pasará a la historia como el torneo que lo tuvo todo, menos fútbol. Tuvo presupuesto, sponsors, algoritmos, drones, tablets y pantallas LED. Pero no tuvo competitividad, ni sorpresa, ni emoción. Fue una feria, no una competencia. Un ensayo corporativo, no una fiesta del pueblo. Infantino prometió la democratización del fútbol, pero entregó una versión elitista con decorado multicultural.

Reflexión final
Mientras más luces le ponen al fútbol, más sombra le quitan a su esencia. Este torneo no ha ampliado el mundo del fútbol: lo ha uniformizado. Ha convertido la diversidad en decorado, la emoción en una estadística, y el juego en una operación comercial. No estamos viendo una Copa del Mundo. Estamos viendo la mundialización del negocio, sin alma, sin gritos, sin historia.

Nos vemos en la próxima edición, si es que queda algo de espíritu para jugarla.

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