Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Han pasado 272 años desde el último gran terremoto en Lima. Más de dos siglos de “silencio sísmico”, ese término técnico que no significa tranquilidad, sino todo lo contrario: significa que la tierra se está guardando la furia. Y mientras las placas tectónicas se preparan para liberar toda su energía, el Estado peruano —gobierno, ministerios, municipios, Defensa Civil y compañía— parece más preocupado en emitir comunicados tibios que en prevenir una catástrofe inminente. Porque cuando la tierra se mueva con fuerza, no va a temblar solo el suelo, va a colapsar la mentira de un Estado que juega a gobernar, pero no gobierna.
Un sismo de magnitud 8.8 en Lima podría durar cinco minutos, según el Cuerpo General de Bomberos. Cinco minutos en los que caerán techos, se partirán pistas, colapsarán hospitales, se cortará la electricidad y el agua, y se revelará, en toda su crudeza, la incapacidad de un aparato estatal que ni siquiera ha logrado hacer funcionar bien su sistema de alertas sísmicas. Porque sí, en pleno 2025, el Perú sigue dependiendo más de los gritos de los vecinos que de las sirenas del Estado.
Y lo más indignante es que todos lo saben. El Instituto Geofísico del Perú (IGP) lo ha advertido. Los bomberos lo repiten cada vez que pueden. Los especialistas lo han dicho hasta el cansancio: estamos encima de una bomba de tiempo tectónica. Y sin embargo, no hay un solo plan serio de prevención y mitigación. ¿Simulacros? Mal ejecutados. ¿Hospitales? Con grietas y sin equipamiento. ¿Evacuaciones? Papeleo. ¿Centros de acopio? Disfrazados de almacenes vacíos. ¿Liderazgo político? Solo cuando tiembla el cargo.
Mientras tanto, Dina Boluarte está más ocupada desmintiendo cirugías faciales, justificando joyas, relojes y cofres, y organizando viajes, que diseñando un verdadero sistema de respuesta nacional. La presidenta vive en una dimensión paralela, donde el país no tiembla, solo murmura. El problema es que cuando el suelo hable fuerte, será demasiado tarde para Photoshop, misivas notariales o comunicados desde Palacio.
Pero no se trata solo de Dina. El Congreso, el Midis, el Minsa, los gobiernos regionales… todos miran hacia otro lado. En vez de invertir en infraestructura antisísmica, se debaten leyes para privatizar el agua. En vez de fortalecer el sistema de Defensa Civil, se blindan mutuamente ante investigaciones. Y mientras tanto, la población sigue sin saber a dónde correr, cómo actuar, o a quién llamar cuando la ciudad se parta en dos.
Porque lo que sí está garantizado es esto: el día que llegue el gran sismo, no va a fallar el movimiento tectónico, va a fallar el Estado. Otra vez. Como falló con las lluvias, como falló con la pandemia, como falla cada día con los servicios básicos.
El silencio sísmico de Lima es real, pero el silencio político es aún más ensordecedor. Se han tenido siglos para prepararse, y sin embargo, hoy no tenemos protocolos eficientes, ni logística, ni capacidad de respuesta real. Solo slogans, simulacros simbólicos y una falsa sensación de seguridad. No bastan las campañas de “prepara tu mochila de emergencia” si el gobierno no ha preparado nada más que su salida por la tangente.
Reflexión final
Cuando el terremoto llegue —y llegará— no preguntará por cargos, por encuestas, ni por relojes. Solo mostrará, en segundos, lo que el Estado no hizo en décadas. El problema no es que tiemble el país. El problema es que quienes deberían estar preparados tiemblan incluso antes de actuar. Así que sí, que suene la alarma. Pero no solo la sísmica. Que suene la alarma moral de un país que merece algo más que un gobierno en piloto automático, con rostro de madre de la patria, pero con manos vacías ante la emergencia.
