Aeropuerto Jorge Chávez: LAP justifica aspecto del “techo hangar”

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Nos prometieron un hub internacional para liderar la conectividad aérea del continente. Un símbolo de progreso. Una obra de clase mundial. Y nos entregaron un techo de calamina con pasarelas. El nuevo Jorge Chávez, lejos de levantar vuelo, aterrizó en la pista de la decepción. Porque más que un aeropuerto, lo que tenemos es un angar gigante, sin alma ni identidad, pero eso sí: con justificaciones exportadas en formato JPG desde Francia, Italia y Taiwán.

Lima Airport Partners (LAP), en su esfuerzo por controlar daños, ha recurrido a una jugada brillante: comparar nuestro flamante cajón metálico con terminales extranjeros. Porque claro, si en el aeropuerto Charles de Gaulle hay un techo de lámina, entonces es válido hacer lo mismo en el Callao. Solo que allá el diseño es parte de una narrativa, de una lógica funcional, de una estética integral. Aquí, en cambio, el diseño fue visiblemente mutilado, el vidrio fue sacrificado y la experiencia del usuario relegada a un PowerPoint corporativo.

Y como si no bastara el engaño visual, nos venden eficiencia. Dicen que el techo “cumple requisitos térmicos y acústicos”. Fantástico. ¿Y la lluvia que se filtró? ¿Y la cancelación de vuelos nacionales por falta de organización? ¿Y el branding inexistente? ¿O también vamos a justificarlo diciendo que “lo importante es que funcione”? Bajo ese estándar, cualquier loza deportiva techada en provincias podría considerarse un aeropuerto en potencia.

Pero esta historia va más allá del acero y el aislamiento. Es una metáfora. El nuevo Jorge Chávez representa el país que nos quieren imponer: uno funcional a medias, desangelado, que camufla su mediocridad con comparaciones internacionales y discursos vacíos. Un país donde lo prometido nunca se entrega completo. Donde el estándar es la resignación y la respuesta a la crítica es: “Hay aeropuertos peores, ¿no?”

El Colegio de Arquitectos lo dijo claro: esto es una oportunidad desperdiciada. Y no, no es culpa del usuario que se queja por el diseño. Es culpa del concesionario que no respeta lo proyectado. Es culpa del Estado que no fiscaliza. Es culpa de un modelo de gestión que entiende lo público como negocio y no como servicio.

Y por supuesto, no podía faltar el comodín de siempre: “Seguimos mejorando”. Una frase de autoayuda con la que LAP intenta disfrazar la desilusión. Una frase que nos han repetido tantos años desde tantos frentes (Gobierno, Congreso, empresas públicas y privadas) que ya deberíamos tenerla tatuada en el pasaporte.

Conclusión
El nuevo aeropuerto no es un símbolo de modernidad, es un símbolo de cómo el país se sigue rindiendo ante la improvisación y la mediocridad con discurso de PowerPoint. Nos vendieron un sueño de altura y nos dieron un almacén funcional. Y para colmo, nos culpan por no entender su “minimalismo”.

Reflexión final
No es solo el techo lo que da vergüenza. Es el modelo. Es la narrativa que nos pretende hacer creer que lo precario es suficiente. Que lo gris es moderno. Que lo decepcionante es eficiente. Y que mientras te comparen con aeropuertos de otros países, no importa si te mojas por una filtración o si tu vuelo se cancela sin aviso. El nuevo Jorge Chávez no es un aeropuerto internacional. Es un mensaje: en el Perú, hasta volar se hace con las alas rotas.

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