Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
En el Perú, pedir una cita médica en EsSalud es una experiencia espiritual. Se requiere paciencia, fe ciega y una profunda resignación. Porque aquí, los calendarios clínicos tienen tiempos bíblicos: semanas para una consulta general, meses para una ecografía, años para una cirugía. Y si el paciente muere en la espera, al menos podrá descansar sabiendo que pagó sus aportes puntualmente.
Pero ahora, los especialistas en derecho penal han lanzado una advertencia que debería sonar como un sismo en los pasillos de la burocracia médica: si un asegurado fallece esperando atención médica, EsSalud y el médico tratante podrían ser responsables penalmente. Sí, penalmente. Nada de “lamentamos el hecho”, ni comunicados con logo institucional. Hablamos de responsabilidad legal. Y de vidas truncadas por el colapso institucional de un sistema que se ha vuelto experto en desatender.
El tiempo como arma mortal
Según el abogado penalista Aarón Alemán, existe base jurídica para acusar de homicidio culposo a quien, conociendo el estado crítico de un paciente, no actúa con la urgencia necesaria. No basta con decir que el sistema está saturado o que no hay camas. No, porque la vida no es una excusa postergable, y la medicina no puede seguir funcionando como si la salud viniera con turno diferido.
Y aquí viene lo peor: la negligencia no es solo individual, es estructural. Porque el médico que no prioriza, sí, puede ser responsable. Pero también lo es EsSalud, como institución que recauda aportes mensuales con la promesa de atención oportuna… y entrega largas colas, formularios y dilaciones a cambio. El contrato no es simbólico, es legal. Y su incumplimiento puede llevar a demandas civiles por inejecución, daño moral y perjuicio económico. Si usted murió esperando, su familia tiene hasta 10 años para recordárselo al Estado en los tribunales.
Burocracia con estetoscopio
Pero vayamos a lo concreto. En Lima, hacer una cola en EsSalud es una tradición. Hay gente que llega antes del amanecer, como si buscara entradas para un concierto, solo que aquí no hay música, hay dolor. Algunos vienen con el diagnóstico ya avanzado, otros sin diagnóstico, pero con la certeza de que algo no anda bien. Lo que sí marcha a la perfección es el sistema de trámites: sellos, fotocopias, autorizaciones y ese sublime arte de decirle al paciente que regrese “en unos meses”.
Y si uno muere esperando, siempre hay un informe que lo explicará: “el paciente no llegó a ser atendido porque no le tocaba aún”. Como si el cáncer, la diabetes o la insuficiencia renal tuvieran un cronograma compatible con el Excel institucional.
Lo que hay aquí es una lógica que deshumaniza. Porque el sistema ya no ve personas, ve expedientes. Y los expedientes no lloran, no sienten dolor, no colapsan. Solo se archivan.
Las responsabilidades están claras. Los derechos también. Y la vida no puede seguir siendo víctima de la espera. Si los abogados penalistas han encendido una luz roja, corresponde que la justicia haga sonar la alarma. Porque cada muerte en la fila es una tragedia evitable, no un error estadístico.
La estructura institucional de EsSalud —alimentada por años de indiferencia, desidia política y gerencias improvisadas— no puede seguir escudándose en la saturación para justificar el abandono. Si se cobra por un servicio, hay que cumplirlo. Y si ese servicio implica salvar vidas, no puede haber espacio para el olvido.
Reflexión final
Quizás la próxima vez que alguien acuda a EsSalud con dolor y urgencia, reciba más que un número de espera. Porque si el Estado no garantiza el derecho básico a la salud, entonces el sistema no está enfermo: está descompuesto.
Y ante eso, ya no basta con rezar. Se exige justicia. Porque si el dolor no tiene turno, tampoco debe tener impunidad.
