Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
En el país donde los incendios se apagan con comunicados, los derrumbes con discursos y los fraudes con spots de “Perú Avanza”, no es raro que las alertas de consumo lleguen cuando el consumo ya alertó por sí solo. El reciente despertar de Indecopi, que decidió sancionar a Derco Perú por no avisar a tiempo sobre el riesgo en más de 700 vehículos, no es exactamente una hazaña heroica. Es, más bien, un estirón de sábanas a las 11 de la mañana: tarde, tibio, y con la esperanza de que nadie pregunte por qué no se actuó antes.
La multa de S/ 132,145 impuesta a Derco Perú por demorar 31 días hábiles en avisar al Estado, y 56 días calendario en alertar a los propios consumidores sobre fallas críticas en la dirección de los vehículos Renault Oroch 2022-2023, es el típico gesto simbólico de una institución que juega a ser severa mientras camina con pantuflas. Porque mientras Derco callaba, los conductores seguían manejando alegremente su automóvil con una falla que podría haberlos llevado directo al taller… o al hospital.
La norma es clara: cinco días. Y Derco respondió con el entusiasmo de quien responde un WhatsApp del SAT: después de meditarlo, sin apuro, y con fe en el olvido. ¿Y la respuesta de Indecopi? Tranquila, reflexiva, reflexiva, reflexiva… y finalmente sancionadora. No porque haya una vocación infalible por proteger al ciudadano, sino porque ya era demasiado evidente que el silencio empresarial estaba rugiendo más fuerte que los motores en riesgo.
Lo más irónico es que el Sistema de Alertas de Consumo existe. Tiene su portal, sus protocolos, su reglamento. Pero si nadie lo usa cuando se necesita, es como tener un extintor decorativo en medio del incendio. Indecopi, en su comunicado, parece orgullosa de haber actuado. Pero no es motivo de festejo. Es una medalla de cartón en una carrera donde salieron cuando ya todos habían cruzado la meta… y algunos se habían estrellado en el camino.
Y ni hablemos del discurso empresarial. Las grandes marcas —que invierten millones en publicidad para decirnos cuánto les importamos— fallan en lo esencial: avisar cuando algo podría matarnos. La estrategia es sencilla: si el daño no es viral, se minimiza. Si no hay muertos, se demora. Y si hay sanción, se apela.
El caso Derco no es una excepción. Es una muestra más de la regla nacional: reaccionar tarde, comunicar peor y sancionar lo mínimo posible. Indecopi no descubrió un complot. Solo hizo lo que debió hacer desde el primer día. Su tardanza no es sólo burocrática: es peligrosa. Porque los derechos del consumidor no se defienden con comunicados decorativos, sino con acción inmediata, firme y sostenida.
Reflexión final
En el Perú, manejar es un deporte de alto riesgo. No por las pistas, ni por los taxistas, sino porque nadie te avisa si tu carro vino con fallas. Y cuando finalmente lo hacen, el mensaje viene después de la multa, después del silencio, después del peligro. Mientras tanto, el consumidor sigue confiando en el “mercado libre y competitivo”, sin saber que la competencia más dura no es entre marcas, sino entre su seguridad y el desgano institucional.
Bienvenidos al país donde hasta el riesgo tiene protocolo… pero el aviso llega por delivery exprés de 56 días.
