Dina Boluarte prometió hospital y tiene avance en 0,1%

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

En el Perú, poner la primera piedra es casi un acto ceremonial de magia: se invoca al progreso, se suelta una lágrima, se aplaude, se toma la foto… y luego desaparecen las máquinas, los obreros y, por supuesto, la voluntad política. El caso del hospital de Chalhuanca, en la tierra natal de la presidenta Dina Boluarte, es una prueba más —y dolorosa— de que aquí se gobierna con marketing emocional, pero sin un mínimo de planificación ni respeto por la gente. Porque si así se gestiona en su propio pueblo, imaginen cómo estarán los olvidados de siempre.

Chalhuanca no solo es un pueblo andino de Apurímac. Desde hace meses, es el símbolo del desprecio disfrazado de gestión. La presidenta Dina Boluarte, en febrero, regresó a su tierra entre aplausos y lágrimas para anunciar la construcción de un hospital de EsSalud. Un proyecto de S/ 58 millones, con promesas de calidad y atención digna. Colocó la primera piedra, soltó la frase cliché de “la salud es prioridad”… y se fue. Y el hospital, cuatro meses después, apenas ha alcanzado un avance físico del 0,1%. Es decir, nada. Menos que nada. Una burla con presupuesto.

La construcción, adjudicada al Consorcio Elohim Chalhuanca, hoy está técnicamente paralizada. Ya se anunció la resolución del contrato. Y mientras el consorcio presenta cartas y el inspector renuncia por motivos de salud, EsSalud hace lo que mejor sabe hacer: dilatar trámites, evitar decisiones y esconder la ineptitud detrás de formalismos. Según el informe técnico del 13 de junio, la obra está calificada como “atrasada”, pero eso sería ser generosos. A estas alturas, ni los obreros quieren tomarse selfies con los cimientos inexistentes.

¿Y qué dice Boluarte? Nada. O tal vez algo sobre sus joyas, sus viajes, o su cofre de seguridad personal. La salud pública puede esperar. Total, no hay Rolex que marque la hora de la responsabilidad.

Y eso que estamos hablando de su pueblo. ¿Qué queda entonces para las regiones sin apellido presidencial? ¿Hospitales invisibles? ¿Consultorios pintados en PowerPoint? Porque lo de Chalhuanca no es casualidad, es el reflejo exacto de cómo se gobierna: con promesas de cartón y políticas hechas de humo.

Este escándalo no solo revela negligencia, revela prioridades. En lugar de exigir cronogramas, auditar avances y sancionar a los responsables, el Ejecutivo ha optado por el silencio, ese que tantas veces se disfraza de “prudencia” pero que, en realidad, es cómplice de la desidia. Boluarte tiene en Chalhuanca su espejo más cruel: una obra anunciada con bombos, paralizada por incompetencia y olvidada por el Estado.

Reflexión final
La presidenta aún tiene una oportunidad. No para redimirse en términos políticos —eso ya parece perdido—, sino para, al menos, dejar de defraudar a quienes creyeron en su palabra. Sentarse con sus ministros, dejar los discursos decorativos y elaborar un verdadero plan nacional de fiscalización y ejecución de obras sanitarias. Si no sabe cómo hacerlo, que pida asesoría internacional, como ya lo han hecho Ecuador, Colombia y hasta países con menos presupuesto pero más vergüenza.

Lo que no puede seguir haciendo es posar frente a piedras simbólicas mientras los hospitales colapsan, la salud agoniza y su tierra natal se convierte en símbolo del abandono. Porque no hacer nada también es una forma de violencia. Y, en este caso, la piedra que colocó en Chalhuanca no fue el inicio de una obra, fue el epitafio de una promesa.

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