Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Dina Boluarte no habla con la prensa hace 243 dÃas. No es un error de protocolo ni una pausa estratégica. Es una decisión polÃtica. Una decisión que dice más que mil conferencias: la presidenta no tiene respuestas, no tiene plan, no tiene liderazgo. Solo tiene algo muy claro: quiere llegar al 28 de julio de 2026 como sea. Aunque el paÃs se desangre.
En cualquier nación con instituciones mÃnimamente saludables, una mandataria que se esconde por más de ocho meses en medio de una crisis nacional serÃa insostenible. En el Perú, sin embargo, eso ya no escandaliza. Porque aquà ya nos hemos acostumbrado al desgobierno como norma, a la impunidad como paisaje, y al silencio como discurso de Estado.
Dina Boluarte no solo está callada: está ausente. No hay planes de seguridad para frenar a las mafias que controlan distritos completos. No hay estrategia contra la minerÃa ilegal, que avanza más rápido que cualquier reforma. No hay respuestas a los asesinatos, a los cobros de cupos, a los mercados tomados por extorsionadores.
El paÃs está tomado. No por una potencia extranjera, sino por el crimen organizado. Y la presidenta ha optado por gobernar desde el mutismo, como si callar la volviera invisible para los problemas que no quiere asumir.
Pero su silencio no es neutral. No es diplomacia. Es cálculo. Es sobrevivencia polÃtica en su forma más cruda. Boluarte no gobierna: administra el vacÃo mientras espera. Espera que la vacancia no le llegue. Espera que sus joyas, sus cirugÃas, sus relojes de lujo y sus vuelos no generen más escándalo del necesario. Espera que los fiscales se distraigan. Y, sobre todo, espera que el calendario haga el trabajo sucio de llevarla hasta 2026.
Porque Boluarte sabe perfectamente que el 29 de julio de ese año no hay inmunidad ni blindaje. Sabe que lo que la espera no es una ceremonia, sino un tsunami de investigaciones, audiencias y —con suerte— sentencias. Y desde ya, según fuentes del propio Ejecutivo, no se piensa en planes de Estado: se piensa en embajadas. En vuelos discretos. En puertas traseras.
¿Cómo entender, si no, que una presidenta en medio de la peor crisis de seguridad de las últimas décadas, con cifras de aprobación que rozan lo anecdótico, haya optado por callar durante 243 dÃas?. ¿Qué otra lectura puede darse a su mutismo que no sea la del desprecio absoluto a la ciudadanÃa, al periodismo, a la democracia?.
No hay casualidades. Este silencio prolongado es un gesto de poder mal entendido. Boluarte no solo le teme a la prensa. La considera una amenaza. Porque la prensa —cuando cumple su rol— hace preguntas. Preguntas que ella no puede, no quiere o no sabe responder. Y en lugar de aprender, escuchar o corregir, ha optado por desaparecer.
Dina Boluarte gobierna como quien administra un reloj de arena: solo quiere que caiga el último grano. No importa el paÃs, no importa la gente, no importan los muertos, las extorsiones, los territorios perdidos, la desesperanza. Solo importa sobrevivir polÃticamente. Llegar. Llegar como sea.
Mientras tanto, el Perú vive al filo. Sin dirección. Sin esperanza. Sin Estado. Y sin presidenta visible. Porque quien deberÃa liderar, prefiere esconderse tras el blindaje de la policÃa, el silencio y el maquillaje. El poder, para Boluarte, no es un mandato; es un refugio temporal antes de la tormenta.
Reflexión final
El silencio no es prudencia. Es cobardÃa. Es soberbia. Es el último recurso de quienes no tienen nada más que ofrecer.
243 dÃas sin hablar con la prensa son 243 dÃas sin democracia. Porque en un paÃs donde el poder no responde, lo que queda es el abuso, la violencia y la impunidad. Dina Boluarte puede callar hoy. Pero el paÃs —ese que sobrevive pese a todo— no olvidará. Y tarde o temprano, le tocará responder. Aunque ya no sea desde Palacio.
