¿Por qué no funciona el Sistema de Alerta Sísmica en Perú?

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

El domingo 15 de junio, un sismo de magnitud 6.1 remeció Lima y Callao mientras las familias celebraban el Día del Padre. Murió una persona, más de 40 quedaron heridas, varias infraestructuras se dañaron, y una vez más, el país entero se quedó esperando lo que nunca llegó: una alerta sísmica. En cualquier nación que se respete, la pregunta sería ¿por qué falló? Pero en el Perú, la pregunta correcta es: ¿por qué seguimos permitiendo que nunca funcione?

Y ahí aparece el ministro de Defensa, Walter Astudillo, para decirnos —con la calma de quien vive en otro planeta— que la falla se debe a una descoordinación entre el IGP e Indeci. Traducido al lenguaje real: nadie se habla, nadie se entiende, nadie manda. Pero eso sí, todos firman actas, prometen más bocinas y juran que esta vez sí. Solo que «esta vez» lleva ya cuatro años en modo piloto automático.

El SASPe (Sistema de Alerta Sísmica Peruano) fue presentado en 2020 como el gran salto tecnológico del país en gestión de desastres. Un sistema capaz de alertar con hasta 25 segundos de anticipación a la población ante un terremoto de gran magnitud. Pero lo que no dijeron es que ese salto fue con los cordones desatados y sin saber caer. ¿Resultado? Cuatro años después, apenas 114 bocinas han sido instaladas en todo el litoral, un número ridículo para un país que se encuentra sobre una de las zonas sísmicas más activas del mundo.

Y en lugar de activar alarmas, activamos excusas. Astudillo dice que están “en fase de implementación” —como si el terremoto también esperara el cronograma— y que hay que “trabajar de manera más articulada”. Porque claro, cuando ya hay muertos y heridos, es momento de “coordinar”, como si el Estado acabara de enterarse que el Perú tiembla cada mes. ¿Y la presidenta Boluarte? Bien gracias. Ni una sola palabra sobre el sismo, ni una reunión de emergencia, ni siquiera un tuit de condolencias. ¿Será que el SASPe no fue el único sistema que no se activó?

Y eso no es todo. El propio ministro reconoce que las bocinas no serán suficientes para cubrir al país entero. Es decir, ya vamos tarde y encima mal. Pero tranquilos, que hay una solución mágica: involucrar a los gobiernos regionales y locales, esos mismos que no tienen ni personal técnico, ni presupuesto, ni voluntad para poner en marcha ni siquiera un semáforo. Es el clásico libreto peruano: cuando algo fracasa, lo repartimos para que nadie tenga que asumir la responsabilidad.

El Perú ha logrado lo impensable: tener un sistema de alerta sísmica que no alerta. Una inversión millonaria, años de supuesta planificación, múltiples conferencias de prensa… y al final, ni un maldito beep cuando la tierra ruge. ¿Qué más tiene que pasar para que el gobierno actúe con seriedad? ¿Cuántas vidas más deben perderse antes de que se active el sentido común?

No es solo descoordinación. Es negligencia. Es improvisación elevada a política pública. Es la crónica de una alerta que nunca llegó, porque el Estado sigue creyendo que las placas tectónicas se mueven al ritmo de sus licitaciones y oficios sellados.

Reflexión final
El SASPe no está silenciado por fallas técnicas, sino por una falla mucho más profunda: la de un país donde prevenir nunca es prioridad, donde todo se improvisa, donde incluso un sistema de vida o muerte es gestionado como si se tratara de pintar una vereda.

La tierra no espera. El próximo sismo tampoco. Pero el Estado sí. Espera más muertes para reaccionar. Espera más tragedias para justificar presupuestos. Espera que el tiempo le perdone su mediocridad. Y nosotros, mientras tanto, seguimos esperando que suene una sirena… que probablemente jamás lo hará.

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