Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Cuando la FIFA promete una fiesta, uno espera goles, pasión, tribunas llenas y magia en la cancha. Pero Gianni Infantino decidió reinterpretar el guion y nos regaló un Mundial de Clubes que no emociona, no conecta y no convence. Lo que ocurre hoy en Estados Unidos no es un campeonato, es una simulación. Un torneo de verano maquillado con dólares, presentado en PowerPoint y diseñado para satisfacer a sus socios… no precisamente los clubes ni los hinchas. El fútbol, una vez más, se convirtió en rehén del espectáculo vacío, la ambición personal y el negocio sin alma. Y lo peor: con aplausos pregrabados desde Zúrich.
El problema no es solo la falta de público en los estadios —que lucen tan vacíos como las promesas de reforma en la FIFA— ni los partidos con aroma a pretemporada sin tensión ni gloria. El verdadero pecado de Infantino ha sido traicionar la esencia del fútbol: su imprevisibilidad, su pasión y su raíz popular. Porque ¿quién pidió este Mundial? Nadie. ¿Quién lo necesitaba? Tampoco. ¿Quién lo organizó sin consultar a jugadores, ligas o clubes? Exactamente.
La política migratoria de Trump, la ausencia de clubes importantes del mundo, el agotamiento de los futbolistas y la desconexión con la audiencia no han sido obstáculos para el show, sino parte del decorado. Infantino prometió a su amigo en la Casa Blanca que el torneo sería la vitrina perfecta para el Mundial 2026, pero terminó entregando un torneo de cartón piedra con el alma embalsamada.
Y sí, incluso se vio a jugadores como Tim Weah admitiendo que fueron obligados a visitar a Trump. No por ideología, sino porque “no tenían elección”. Una visita de protocolo disfrazada de diplomacia futbolística. Es decir, ahora también se usa el fútbol como peón geopolítico. Que no te extrañe si en el próximo Mundial los jugadores deben hacer fila para estrechar manos en conferencias de prensa con presidentes de turno.
Pero volvamos al torneo. Los estadios están vacíos, las transmisiones se ven sin entusiasmo, los boletos se rematan, y ni siquiera Messi logra llenar un estadio en Atlanta. DAZN compró los derechos por mil millones —con Arabia Saudita como padrino silencioso— y los transmite gratis, pero ni eso logra despertar interés. ¿Por qué? Porque la gente no es tonta. No compra humo. Ni siquiera si el envoltorio viene con música épica y drones.
Los clubes no enviaron a sus estrellas, los socios no viajaron, las audiencias televisivas son mediocres y la prensa internacional ya habla del torneo como “una experiencia que no se siente real”. Tal vez porque no lo es. Porque fue concebido desde la comodidad de una oficina suiza, con tablas de Excel, mapas de calor, flujos de caja y cero contacto con el corazón del fútbol: el hincha.
El resultado está a la vista: un Mundial que no mundializa nada, que no emociona a nadie, que no pasará a la historia y que, para colmo, puede herir la legitimidad del próximo Mundial de selecciones. Porque si este experimento fracasa, ¿quién garantiza que el Mundial 2026 no se contamine del mismo virus?
El fútbol puede soportar muchas cosas: derrotas, errores arbitrales, eliminaciones dolorosas. Pero lo que no soporta es la indiferencia. Y ese es el estado actual del Mundial de Clubes. Un torneo sin alma, sin pasión y sin sentido. No fue un accidente. Fue una decisión. Fue un diseño frío, técnico, administrativo. Infantino quiso marcar un gol de oro… y terminó haciendo un autogol global.
Reflexión final
La historia es caprichosa: tarde o temprano le pasa factura a quienes olvidan por qué hacen lo que hacen. Infantino ha dejado claro que su prioridad ya no es el fútbol, sino el show que lo rodea, el dinero que lo alimenta y el poder que lo sostiene. Pero el fútbol no olvida. Y mucho menos perdona. La tarjeta roja ya está en el aire. Solo falta que alguien —de una vez— la saque del bolsillo y la muestre frente a millones de hinchas que, por ahora, solo pueden mirar desde lejos cómo se juega con lo que más aman.
