Entrevista exclusiva: Aladino habla sobre la realidad peruana

Por El Capibara

En esta edición extraordinaria de La Caja Negra, nos trasladamos al desierto —no al del norte chico, sino al desierto moral, político y ético donde habita el Perú actual— para conversar con un personaje legendario que ha cruzado los siglos y las culturas con una lámpara mágica en mano: Aladino.

Esta vez, el joven aventurero no llega en su alfombra voladora para enamorar princesas ni vencer hechiceros, sino para intentar, inútilmente, salvar un país donde ya ni los deseos funcionan. Porque aquí no hay genios, hay lobbistas; no hay sultanes sabios, sino congresistas que redactan leyes para blindarse y reelegirse; y no hay milagros… solo titulares cada vez más vergonzosos.

El genio volvió, vio el Perú… y pidió asilo político en el Sahara. Un país secuestrado, una presidenta sin rumbo y un Congreso con ambiciones eternas

Desde su refugio en alguna nube sin Wi-Fi del cielo árabe, Aladino nos concede una entrevista sin filtro, con sarcasmo sin medida, y con la resignación de quien ha descubierto que el Perú actual es el único reino donde ni la magia quiere quedarse.

El Capibara: Maestro Aladino, gracias por aceptar esta entrevista. Dígame con sinceridad: ¿qué siente cuando observa al Perú desde su alfombra mágica?

Aladino: Capibara, querido, siento lo que sentiría cualquier genio decente al ver cómo han reemplazado los cuentos de hadas por operativos policiales, los consejos de sabios por gabinetes de adulones, y los deseos por pedidos desesperados en TikTok. El Perú parece gobernado por una mezcla de influencer sin criterio y Congreso con complejo de inmortalidad. La tragedia aquí no es mágica, es sistémica.

El Capibara: Si le concediera tres deseos al Perú, ¿cuáles serían? ¿O ya no hay remedio ni con lámpara?

Aladino: Si aún me quedara una pizca de fe —que ya es más de la que tienen los ciudadanos en sus autoridades—, estos serían mis tres deseos:

Primer deseo: Que a Dina Boluarte le aparezca un plan de gobierno. No uno de cartón, no uno con letra cursiva para redes sociales, ni uno que se esconda tras lentes oscuros y maquillaje institucional. Uno real, con políticas públicas claras, liderazgo visible y decisiones firmes. Porque gobernar no es posar con reloj ni reciclar frases. Hoy el país está secuestrado por las extorsiones, y ella sigue inaugurando ceremonias como si todo fuera parte de una agenda de protocolo y peinados.

Segundo deseo: Que sus ministros por fin entiendan que no fueron contratados para adular, sino para gestionar. Que dejen de aplaudir todo lo que no entienden y comiencen a trabajar en serio. Que elijan una cartera, estudien sus problemas, propongan soluciones y —aunque suene radical— las ejecuten. El servilismo no es política de Estado, aunque en este gobierno parezca que sí.

Tercer deseo: Que el Congreso se disuelva mágicamente o, al menos, se reinicie como si fuera una laptop infectada. Porque lo que hay ahí no es representación popular: es una asociación de intereses personales con vocación de eternidad. Se blindan entre ellos, legislan para sí mismos, y ahora quieren reelegirse como si su paso por el poder hubiera sido un regalo para la historia. No legislan para el país: legislan para sobrevivir, jubilarse jóvenes y evitar juicios. Son el verdadero comité de autoprotección permanente.

El Capibara: ¿Qué opinión le merece la presidenta?

Aladino: Una mujer que ha demostrado que se puede tener todo el aparato del Estado a disposición y aún así no hacer nada útil. Se comunica poco, decide menos, y cuando aparece, es para dar la impresión de que la realidad no le concierne. Su mayor logro ha sido mantenerse en silencio mientras el país grita. En vez de liderar, administra la ausencia.

El Capibara: ¿Y el país, Maestro? ¿Cómo ve la situación general?

Aladino: Como un mercado medieval donde los señores feudales son las bandas criminales, y el Estado solo es un letrero que dice “cerrado por reformas… estéticas”. La ciudadanía vive aterrada entre extorsiones, balaceras y una clase política que solo se interesa por sus privilegios. En vez de progreso, hay maquillaje institucional; en vez de justicia, hay negociados; y en vez de liderazgo, hay ausencia… vestida de gala.

El Capibara: ¿Qué le diría a los peruanos de a pie?

Aladino: Que ya no esperen milagros, ni genios, ni promesas en campaña. Que la lámpara no funciona, que los discursos están vacíos, y que el verdadero cambio solo llegará si la ciudadanía exige, fiscaliza y deja de premiar al ladrón elegante solo porque sonríe en televisión. El problema no es que los de arriba no escuchen. Es que abajo ya se normalizó el ruido.

El Capibara: ¿Y el deporte? ¿Todavía hay esperanza allí?

Aladino: El fútbol, ese viejo refugio emocional, hoy es un museo en ruinas. La selección nacional da vergüenza en las eliminatorias, está estancada en los últimos lugares y juega con futbolistas que tienen más años que ideas en la cancha. No hay chispa, no hay recambio, no hay nada. Es un equipo sin sangre, sin futuro y con una hinchada que sigue esperando que las matemáticas hagan milagros.

Y mientras tanto, en la Federación Peruana de Fútbol no trabajaron absolutamente nada en los últimos seis años. No sembraron talentos, no renovaron procesos, no apostaron por las bases. Lo que vemos es la cosecha de la indiferencia: lentitud, mediocridad y caos. La Liga 1 parece un campeonato de los años 70, pero sin magia ni gloria: solo lentos, canchas malas y árbitros peores.

Creen que con un video motivacional se clasifican mundiales. Pero no, Capibara. Eso solo sirve para distraer. Como los discursos del gobierno.

Aladino, el mítico héroe oriental, se retira con más preguntas que respuestas. Ha visto imperios caer, sultanes traicionar, palacios venirse abajo… pero nunca un país donde la decadencia se administre con tanto protocolo, donde el crimen tenga más logística que el Estado y donde la ilusión sea el último recurso antes del colapso.

Antes de desaparecer entre la arena, lanza su última frase, con la amargura de quien sabe que ni la magia basta: «En mi historia, bastaban tres deseos para salvar un reino. En la suya, ni con tres reformas, tres cirugías ni tres congresos distintos se salva un país gobernado por la indiferencia.»

Desde la orilla de este espejismo llamado Perú, se despide El Capibara, periodista silvestre, libre y sin dueño, con el hocico afilado y la brújula moral intacta. Hoy habló Aladino. Mañana —si no se aprueba otra ley con nombre propio— quizás hable el pueblo.

Nos reencontramos en la próxima entrega de La Caja Negra, donde los cuentos no se adornan: se desnudan.

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