Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
En la FIFA del siglo XXI ya no se juega al fútbol, se juega al silencio. Mientras millones de aficionados sueñan con goles, hay otros —con corbata y cuentas offshore— que hacen goles en paraísos fiscales. Alejandro Domínguez, presidente de la CONMEBOL y vicepresidente de la FIFA, ha sido denunciado por manejar una cuenta secreta en Dubái con más de 23 millones de dólares sin justificación aparente. ¿Y Gianni Infantino? Bien, gracias. Mudo. Ciego. Sordo. El presidente de la FIFA se ha atrincherado en su propio VAR ético, revisando eternamente si opinar es necesario. Spoiler: lo es. Pero claro, no hay replay que justifique lo injustificable cuando el árbitro también es parte del negocio.
La denuncia, revelada por elDiarioAR, no es una sospecha lanzada al viento. Es una bomba de precisión con coordenadas, fechas, montos y remitentes. Desde empresas sancionadas en Qatar y Emiratos Árabes, el dinero fluyó con la delicadeza de quien sabe que nunca será detenido. La cuenta, a nombre de Capital Heritage Limited —una estructura con aroma a evasión fiscal— fue abierta justo antes del Mundial de Qatar. ¿Casualidad? En la FIFA, las coincidencias se llaman estrategias.
Y mientras el dinero entra, el silencio de Infantino se hace más espeso que el petróleo saudí. No ha dicho una sola palabra. Ni un comunicado, ni una promesa de investigación. Ni siquiera una de esas frases de manual tipo “la FIFA colabora con todas las investigaciones”. Nada. Y eso que no hablamos de un dirigente cualquiera, sino de su propio vicepresidente. Si este escándalo no merece su voz, ¿qué lo haría? ¿Una transmisión en vivo desde la cuenta de Dubái?
Infantino, el supuesto reformista que prometía erradicar los vicios del FIFAGate, se ha convertido en el garante del continuismo. El Mundial de Clubes 2025, su juguete personal, avanza en Estados Unidos como si nada pasara. Domínguez sigue en palcos de honor, brindando con autoridades, mientras en su cuenta no hay egresos, contratos ni rastros de legalidad. Solo millones inmóviles, tan quietos como la ética en Zúrich.
¿Y la Comisión de Ética de la FIFA? Desaparecida. Quizá de vacaciones, quizá de luto por la moral del fútbol. El documento entregado al comité —detallado, preciso, y respaldado— exige una suspensión preventiva. Pero la FIFA parece haber archivado no solo el caso, sino el concepto mismo de integridad. El show debe continuar, aunque huela a podrido desde las oficinas.
La gravedad de lo ocurrido no reside solo en los millones sin justificar. Lo alarmante es el sistema de complicidades que lo sostiene. La reelección unánime de Domínguez hasta 2031, el mutismo institucional de la FIFA, la inercia de una dirigencia blindada por sus propios estatutos, y la total desconexión con la afición. No es que el fútbol esté siendo corrompido: es que ya se juega desde la corrupción.
Reflexión final
Cada vez que Infantino calla frente a un escándalo como este, no solo protege a un hombre, protege un modelo. Un modelo que dice defender el juego, pero que entierra su espíritu bajo montañas de dólares. Su silencio no es prudencia diplomática, es complicidad ejecutiva. Porque quien no denuncia una traición al fútbol, la consiente. Y en ese crimen ético, Gianni Infantino no es un testigo: es protagonista.
