Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Durante décadas, Machu Picchu fue el símbolo incaico de nuestra grandeza, la postal que sostenía la ilusión de un Perú milenario, resiliente y digno. Hoy, esa misma joya arqueológica brilla por otras razones: acaba de ingresar a una exclusiva lista internacional de destinos que ya no valen la pena visitar. Sí, como lo oye. No es ironía nuestra —aunque bien podríamos adjudicárnosla—, sino una advertencia seria de Travel and Tour World (TTW), que coloca a nuestro principal emblema turístico junto a otros íconos mundiales degradados por el turismo masivo, el caos y la sobreexplotación.
En el caso peruano, la caída en desgracia no se debe al azar. Es el resultado de una acumulación de negligencias, improvisaciones, aforos reventados, colas eternas, reventa de entradas, decisiones políticas desconectadas de la ciencia y una burocracia que parece decidida a exprimir la gallina de los huevos de oro hasta que no quede ni la pluma. Mientras tanto, en Palacio, la presidenta guarda un silencio más arqueológico que la propia ciudadela.
Según el informe de Travel and Tour World, Machu Picchu ya forma parte del panteón global de destinos “quemados por su propia fama”. En esa lista figuran Santorini, Venecia, Bali, Kioto o Islandia, lugares saturados por multitudes, encarecidos por la especulación y destruidos por la falta de regulación. Y ahora, orgullosamente, también nosotros. El Cusco está en el club. No por sus méritos de conservación o gestión sostenible, sino por exactamente lo contrario.
No es novedad. Desde hace años, la Contraloría ha advertido que el ingreso diario a Machu Picchu supera los límites técnicos permitidos. Lo permitido: 450 visitantes por ruta. Lo real: hasta 700 personas diarias solo en un tramo. A este ritmo, lo próximo que visitarán los turistas será el colapso estructural. Pero eso parece no inquietar ni al Ministerio de Cultura ni al Ejecutivo. Después de todo, lo que importa es vender boletos, no proteger patrimonio. Lo que se arruina en piedra, se gana en taquilla.
La situación es tan absurda que Aguas Calientes se ha convertido en una especie de Disneylandia caótica, sin orden ni lógica: hoteles carísimos, colas inhumanas, servicios precarios y la promesa constante de una “experiencia inolvidable” que termina siéndolo… por las razones equivocadas. El turismo en Machu Picchu ha dejado de ser una oportunidad para convertirse en una advertencia. Y de eso no se hace cargo nadie.
Mientras la Unesco nos observa con lupa y lanza alertas diplomáticas, el Ministerio de Cultura propone aumentos de aforo con boletos de S/35 por una hora de visita. Una hora. Lo que uno demora en subir las escalinatas del Intihuatana, ya es todo el tiempo que se podrá “vivir la experiencia”. Todo rápido, todo barato, todo ineficiente. Como el país.
El colapso no es solo físico. Es institucional. La venta de entradas se ha convertido en un mercado paralelo: reventa ilegal, operadores fantasmas, corrupción silenciosa. Y cuando los gremios piden orden, la respuesta oficial es posponer el diálogo hasta que “culmine la huelga”. Porque ya ni siquiera se finge preocupación: el gobierno ha terciarizado el problema a la apatía y al cálculo.
Machu Picchu no merece este trato. Es uno de los legados más impresionantes de la humanidad y, sin embargo, lo estamos tratando como si fuera un paquete turístico más en un portal de descuentos. La inclusión en el ranking de TTW es una humillación internacional, pero sobre todo es una señal. Una señal de que el Perú está fracasando no solo en gobernar su presente, sino en custodiar su pasado.
Y aquí es donde la responsabilidad trasciende al Ministerio de Cultura o al Gobierno Regional del Cusco. La incapacidad para manejar Machu Picchu es una metáfora precisa de cómo gestionamos el país: sin estrategia, sin respeto, sin visión. Una mezcla letal de improvisación y cortoplacismo. Lo que ocurre con la ciudadela es lo mismo que ocurre con la seguridad, la educación, la salud o la justicia: abandono condecorado con cinismo.
Reflexión final
Machu Picchu no necesita un comité de crisis. Necesita liderazgo, seriedad, voluntad política. Pero mientras la presidenta Boluarte siga ausente —literal y simbólicamente—, mientras los funcionarios midan el éxito en boletos vendidos y no en patrimonio protegido, seguiremos escalando hacia el abismo con orgullo fotogénico.
Porque en este Perú que se jacta de su historia milenaria pero descuida su legado, no solo hemos convertido Machu Picchu en un parque temático saturado. Lo hemos convertido en un espejo: el reflejo perfecto de un país que, entre la inercia y la avaricia, se sigue borrando a sí mismo. Foto incluida.
