Tres de cada diez peruanos no tienen lo mínimo para vivir

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Tres de cada diez peruanos no tienen lo mínimo para vivir. No para ahorrar, no para progresar: para sobrevivir. Lo dice Kantar, no una columna furiosa ni un panfleto opositor. Lo dice con datos duros, recolectados en más de 1,800 hogares, con rigor metodológico y sin maquillaje. Pero en Palacio de Gobierno no hay alarma, no hay plan, no hay reacción. A estas alturas, ni siquiera hay declaraciones: Dina Boluarte no da una conferencia de prensa hace más de 240 días. Tal vez porque no tiene nada que decir. O tal vez porque ya se acostumbró a no tener que responder por nada.

En cualquier democracia sana, ese silencio sería un escándalo. En el Perú del 2025, es apenas otro capítulo de una novela de cinismo institucional. Mientras el país se hunde en la desesperanza económica, la jefa de Estado sigue aferrada al 2 o 3 % de aprobación que le queda. Y cuidado, porque si no lo remedia, podría romper récord mundial como la mandataria con menor respaldo popular del planeta. Algo de qué presumir en algún almuerzo diplomático, quizás.

El informe de Kantar segmenta la realidad peruana en tres grupos: los Comfortable (los que pueden respirar tranquilos), los Managing (los que sobreviven con calculadora en mano) y los Struggling (los que ya no alcanzan a cubrir ni lo básico). Este último grupo representa el 30 % del país. Y no es cualquier 30 %: son millones de personas atrapadas en una rutina de angustia, deuda y frustración.

Ese segmento no vive: sobrevive. Y lo peor es que no espera nada. Solo 3 de cada 10 creen que su situación mejorará en los próximos 12 meses. Traducción: ni siquiera la esperanza se digna a visitarlos. El resto prefiere callar o ya perdió la fe. No hay ilusión electoral, no hay optimismo económico, no hay confianza en la clase política. Hay hambre, y hay hartazgo. Punto.

Pero eso no detiene a quienes viven en el Perú paralelo de las élites. Mientras las familias vulnerables priorizan la canasta básica, cocinan con lo que alcanza y compran en mercados y bodegas, el Congreso alquila oficinas millonarias y planea su ansiada bicameralidad, con sueldos de 20 mil soles y planillas doradas. ¿La presidenta?. Silencio. Sabe que si abre la boca, le preguntarán por sus relojes, sus joyas, sus viajes, sus operaciones. Prefiere el mutismo, el blindaje, el piloto automático.

A estas alturas, el gobierno de Dina Boluarte no gobierna: resiste. Se arrastra hacia el 28 de julio de 2026 como quien camina por un campo minado: con miedo, con cálculo y sin propósito. Su única estrategia es la supervivencia. No hay política económica. No hay reforma social. No hay lucha real contra la minería ilegal, las mafias de extorsión o los sicariatos que matan niños en combis. Solo hay una obsesión: llegar. Llegar como sea. Para luego negociar asilo, impunidad o amnesia institucional.

Y mientras tanto, 3 de cada 10 peruanos no llegan ni a la quincena. El informe de Kantar debería provocar reuniones de emergencia, ajustes presupuestales, medidas focalizadas. Pero aquí solo provoca indiferencia. ¿Qué puede esperarse de un régimen que tiene más escándalos abiertos que puntos de aprobación?. ¿Qué se puede construir desde un poder que ya ni finge escuchar?. El Perú no solo sufre una crisis económica: sufre una crisis de autoridad, de credibilidad, de humanidad.

No es casual que el pesimismo se concentre en provincias. El centralismo se ha vuelto no solo económico, sino también emocional: en Lima se blindan, en el resto del país se mueren de miedo, de hambre o de silencio. Y nadie responde.

Reflexión final
A estas alturas, más que una presidenta, Dina Boluarte parece la gerente general de su propio expediente judicial. Ha dejado de lado el país para dedicarse a su defensa. No da entrevistas, no enfrenta preguntas, no propone nada. No lidera: administra. Pero lo que no entiende es que el silencio también es una forma de violencia, especialmente cuando el país se cae a pedazos. Y cuando el pueblo cuenta monedas para comer, mientras sus gobernantes cuentan encuestas para sobrevivir, la ruptura entre Estado y sociedad ya no es política: es moral.

Porque gobernar no es callar. Gobernar no es esconderse. Gobernar no es temerle a un micrófono. Gobernar es responder. Y en el Perú del 2025, no hay respuestas. Solo excusas.

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