La frase “Todo es posible…”. Una gran mentira piadosa

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

“Todo es posible”. Así, con entusiasmo de libro de autoayuda y sonrisa de vendedor de humo, esta frase nos persigue desde afiches, campañas, discursos políticos y cuentas de Instagram plagadas de filtros. La repiten como si fuera un conjuro, una receta infalible para alcanzar lo inalcanzable. Pero en este país donde los milagros son parte del protocolo institucional, “todo es posible” ha mutado de lema motivacional a explicación oficial del absurdo. Porque sí: aquí todo es posible… menos lo justo, lo decente y lo urgente.

En Perú, “todo es posible” no es una invitación al progreso, es una advertencia camuflada. ¿Un presidente que no sabe redactar una oración completa? Posible. ¿Un ministro que descubre su ministerio por Google Maps? Posible. ¿Un Congreso que aprueba leyes sin leerlas, pero se indigna si les pides transparencia? Más que posible: habitual.

La frase es perfecta para el político promedio: le permite prometer sin plan, ilusionar sin culpa y retroceder sin consecuencias. “Todo es posible”, gritan desde los balcones de campaña, mientras el país arde en inseguridad, impunidad y desigualdad. Es una forma elegante de no decir nada y hacerlo sonar como si estuvieran a punto de refundar la república… con una selfie y una banda presidencial.

Pero veamos cómo se traduce esta frase en la vida diaria. En seguridad ciudadana, por ejemplo, es perfectamente posible que una comisaría esté cerrada a las 2 a.m. mientras el delito hace turno sin cita. Es posible que un patrullero pase… y acelere. Es posible que se capture a un delincuente y que a las 48 horas aparezca en TikTok, libre, agradeciendo al juez por su comprensión.

En salud pública, es posible que un hospital nuevo no tenga médicos. Que un centro de salud tenga tres enfermeros para atender a 300 personas. Que un niño muera esperando una ambulancia. Todo es posible, excepto una atención digna para quien no puede pagar una clínica. Pero eso sí: en el discurso del ministro, estamos mejorando. Porque repetir “todo es posible” parece curar más que el paracetamol.

En educación, también es posible que se inicie el año escolar… sin aulas. O que se contrate a docentes sin evaluación. O que se ofrezca “educación digital” sin conexión a internet ni electricidad. ¿Y los resultados? No importan. Lo importante es mantener el ánimo: todo es posible. Hasta que los alumnos aprendan sin docentes, sin libros, sin currículo… pero con uniforme.

En el Congreso, “todo es posible” se ha institucionalizado. Pueden censurar ministros sin argumentos o ratificarlos con prontuarios. Pueden declarar “persona no grata” a medio planeta, pero no se atreven a mirarse en el espejo. Y por supuesto, pueden vacar un presidente en nombre de la moral… y luego elegir a otro que firmó con ambas manos las peores leyes del anterior. Coherencia no es requisito, porque —lo adivinaste— todo es posible.


La frase “todo es posible” es el himno nacional de la improvisación. Sirve para justificar cada contradicción, cada abuso, cada retraso. En lugar de planificar, se sueña. En lugar de rendir cuentas, se promete. En lugar de actuar, se pronuncian frases bonitas que no resisten ni una línea de presupuesto. Es la forma más elegante de esconder la incompetencia y maquillar la mediocridad.

Reflexión final
“Todo es posible” debería llevar un asterisco legal que diga: “Excepto justicia pronta, igualdad real y funcionarios decentes.” Porque en este país donde el absurdo tiene DNI, ya no sorprende nada. Y ese es el problema: que nos han entrenado para aceptar lo imposible como rutina. Pero mientras sigamos repitiendo esta frase como dogma, seguiremos condenados a vivir en un país donde todo es posible… menos un futuro digno.

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