Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Desde un púlpito de rentabilidad asegurada, la presidenta de la Asociación de AFP, Ana Jara, nos lanza una frase que pasará a la historia del cinismo institucional: “Nuestro objetivo es construir fondos para una jubilación con bienestar”. Sí, leyó bien. Después de décadas de aportes, comisiones inamovibles y fondos que se evaporan más rápido que los sueldos en quincena, nos prometen ahora —otra vez— bienestar. Lo que no dicen es para quién. Porque si alguien está jubilándose con comodidad en este país, son ellos: los de saco y corbata que nunca pierden, ni en pandemia, ni en crisis, ni en guerra.
Las AFP en el Perú funcionan como casinos con truco: el jugador siempre pierde, la casa siempre gana. Desde que se crearon, han hecho de la vejez un negocio redondo… para ellos. Tú aportas por décadas, ellos cobran todos los meses. Tú ves tu fondo caer con cada vaivén del mercado, ellos no dejan de facturar ni cuando el sistema colapsa.
Ana Jara habla con solemnidad de transparencia, eficiencia, bienestar. Un discurso de PowerPoint que contrasta violentamente con la realidad: millones de trabajadores que, tras años de esfuerzo, reciben cifras de jubilación que no alcanzan ni para cubrir los medicamentos, mientras sus fondos fueron usados —con “criterios técnicos”— para inversiones que a ellos nunca les consultaron. Porque en esta democracia previsional, el afiliado tiene el mismo poder de decisión que una silla.
El cuento del bienestar se repite como himno cada vez que se propone un nuevo retiro. Entonces, las AFP entran en pánico, lanzan comunicados apocalípticos, anuncian el fin del sistema… pero jamás anuncian la reducción de sus comisiones. No, eso no. Su margen está blindado. Puedes quedarte sin trabajo, sin salud, sin pensión… pero ellos no se quedan sin ganancia.
Decir que el sistema funciona es un insulto. Los propios datos lo desmienten: más del 60% de los afiliados proyectan pensiones que no llegan ni al sueldo mínimo. Y aun así, la Asociación de AFP tiene la osadía de hablar de “jubilación digna”. Digna para ellos, claro. Para ti, quizá una propina disfrazada de pensión mínima.
Hablan de “mejorar la educación financiera del ciudadano”, como si el problema fuera que no entendemos cómo funciona el sistema. No señora Jara, lo entendemos perfectamente: funciona para ustedes. No es falta de educación, es exceso de evidencia. Cada vez que vemos cómo crecen sus utilidades y se diluyen nuestros fondos, nos queda clarísimo. Gracias.
Mientras miles de peruanos piden retirar parte de lo suyo por urgencias reales —porque ya no creen en promesas vacías—, la Asociación de AFP responde con frases de manual y preocupaciones tardías. Nunca se preocuparon cuando la rentabilidad era negativa. Nunca pidieron disculpas cuando las pensiones resultaban indignas. Solo aparecen para defender lo único que en este sistema es sagrado: sus ingresos.
El sistema no necesita más discursos, necesita una reforma total. Una que ponga al ciudadano en el centro, no a los intereses financieros. Pero mientras las decisiones se sigan tomando en consejos de administración blindados por tecnócratas de cartón, la vejez seguirá siendo el último fraude de una vida laboral honrada.
Reflexión final
La frase “jubilación con bienestar” suena bien, pero ya no engaña a nadie. Es una bandera que ondean sobre un edificio que se cae a pedazos. Si de verdad quisieran garantizar bienestar, empezarían por revisar su propio modelo de negocio. Pero no lo harán, porque no necesitan hacerlo. Mientras el Congreso les siga temiendo, mientras los gobiernos prefieran no tocar esa caja de Pandora, las AFP seguirán ganando. Y tú seguirás esperando que, por alguna extraña razón, esta vez sí te toque perder un poco menos.
