Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
En el Perú, todo lo que debería ser urgente se vuelve opcional. Y lo que debería ser opcional, se impone por decreto. Pero hoy no hablaremos de política (directamente), sino de otro de nuestros grandes orgullos nacionales: el colorante amarillo n.º 5, también conocido como tartrazina, esa joya química que le da vida a tus golosinas favoritas, tus bebidas fluorescentes y, de paso, posibles efectos adversos para la salud, especialmente en niños. Tranquilo, que no es una prohibición. Es una “exhortación” con año sabático incluido. Porque aquí, incluso el veneno tiene derecho a despedirse con calma.
Doce años. Repito: doce años han pasado desde que se exigió por primera vez que los productos que contienen tartrazina lo indiquen claramente en sus etiquetas. Y recién ahora, en 2025, la Digesa “precisa” cómo debe ser esa advertencia. Ya no basta con esconderlo entre los ingredientes en letra tamaño bacteria: ahora se pide que se destaque en mayúsculas, en negrita y con una dosis diaria sugerida. ¡Bravo! Solo les tomó más de una década y una sentencia judicial para animarse a hacer lo mínimo.
Pero no se emocionen. No se ha prohibido nada. Ni el Minsa ni Digesa han tenido la osadía de retirar del mercado este aditivo, a pesar de que asociaciones de consumidores, organizaciones de salud internacionales y hasta estudios de la FDA han alertado de sus potenciales efectos: alergias, hiperactividad, trastornos inmunológicos y, en el caso de los más pequeños, alteraciones del comportamiento.
La solución peruana, por supuesto, es darle un año más a la industria para que “agote su stock”. Porque sería una tragedia nacional que se pierdan etiquetas mal impresas. Total, ¿qué son doce meses más para una población que lleva comiendo tartrazina desde los 90 sin saberlo?
Mientras tanto, los productos seguirán circulando sin advertencia adecuada, adornando estantes y loncheras con sus tonos fosforescentes que parecen salidos de un laboratorio nuclear. ¿Y los niños? Que sigan jugando con colorantes que en otros países están bajo revisión o ya han sido restringidos. Aquí lo importante es no alterar la cadena de producción. Ni las ventas. Ni el lobby alimentario.
Etiquetas, excusas y cinismo alimentario
La Digesa no prohíbe. Exhorta. Suplica. Implora. La tartrazina no se elimina, se tolera. Se rotula con cariño. Se amortigua con tiempos burocráticos. Y si algún padre preocupado pregunta, se le dice que revise bien la etiqueta. Así, el Estado traslada toda la responsabilidad al consumidor, mientras se lava las manos con comunicados PDF y frases destacadas.
Eso sí, los fabricantes tienen la opción de usar otros aditivos permitidos por el Codex Alimentarius. Otra gran idea, siempre y cuando no interfiera con la paleta de colores de los cereales y las gelatinas infantiles. Porque si un dulce no brilla como neón, ya no se vende igual.
Reflexión final
En este país donde el humo de los incendios no se ve, los derrames no contaminan y los colorantes no hacen daño, la tartrazina es solo otro síntoma de lo que ya sabemos: nuestra salud pública está secuestrada por la inercia, la indiferencia y el eterno “ya se verá”.
Mientras tanto, los niños seguirán comiendo lo que brilla, los padres seguirán confiando en lo que venden, y el Estado seguirá despertando cada década para recordarnos que sí, había un problema… pero con un poco de tiempo y paciencia, hasta el veneno se vuelve legal.
