Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Once veces Lima. Eso es lo que hemos arrasado en selva peruana entre 2001 y 2023. Más de 3 millones de hectáreas de bosque desaparecidas mientras la presidenta Dina Boluarte y su gabinete parecen tener una sola meta nacional: sobrevivir en sus cargos hasta el 28 de julio de 2026. Que el país se llene de balas, de extorsiones, o que la Amazonía quede convertida en desierto… da igual. Lo urgente, al parecer, es salvar el pellejo político.
Lo dice la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS Perú): Ucayali concentra el 45% de la deforestación amazónica. Loreto, San Martín, Huánuco y Madre de Dios se reparten el resto de esta devastación. Entre 2019 y 2023 se esfumaron 602 mil hectáreas más. Y mientras tanto, en Palacio nadie se inmuta.
El discurso ambiental del gobierno es tan verde como los fondos de PowerPoint en sus conferencias. Todo son palabras bonitas: sostenibilidad, desarrollo, compromiso. Pero basta leer un informe para descubrir la verdad: la Amazonía está siendo devorada a paso firme por la minería ilegal, el narcotráfico, la tala clandestina y la agricultura descontrolada.
Y sí, es cierto: combatir la deforestación es difícil. Pero lo que es imperdonable es la indiferencia. Lo que es criminal es que las autoridades sigan fingiendo que hacen algo mientras se pierden miles de hectáreas cada año. Los ministros dan conferencias y se toman fotos, pero en el fondo, todo es puro cálculo político. No vaya a ser que una medida firme contra mafias ilegales les reste votos. Mejor dejar que la selva se muera en silencio.
Mientras tanto, comunidades indígenas pierden sus bosques, su tierra y su modo de vida. Más de 582 mil hectáreas arrasadas en territorios nativos. ¿Y el Estado?. Bien, gracias. Presupuesto no hay, pero sí hay camionetas nuevas, viajes al extranjero y contratos jugosos para consultorías.
La Amazonía Sur, sobre todo Madre de Dios, es hoy territorio minero ilegal. El Bajo Amazonas, triple frontera con Colombia y Brasil, está en manos de mafias y crimen transnacional. Pero no importa, mientras nadie proteste demasiado fuerte en Lima, el show puede continuar.
Nos llenamos la boca diciendo que somos “país megadiverso”, mientras destruimos nuestra mejor herencia. Nos encanta posar como abanderados del medio ambiente en foros internacionales, mientras aquí la Amazonía sangra. Cada árbol caído es una prueba de que la verdadera prioridad de este gobierno es resistir en el cargo. La Amazonía puede esperar… siempre puede esperar.
Reflexión final
Perú está perdiendo la Amazonía. Y la indiferencia del gobierno es tan inmensa como la selva que estamos destruyendo. No basta con discursos. No basta con informes que terminan archivados. Basta de excusas. Queremos acciones reales, y las queremos ahora. Porque de seguir así, para cuando llegue el 28 de julio de 2026, puede que ya no quede selva que gobernar.
