Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Mientras el aeropuerto El Dorado de Bogotá se pavonea como el mejor de América Latina, luciendo premios, sostenibilidad y hasta nanotecnología que limpia el aire, acá en el Perú nos seguimos maravillando con nuestro nuevo Jorge Chávez. Sí, ese mismo que, si no fuera por los aviones, cualquiera confundiría con un hangar, un galpón industrial o el almacén de un mayorista.
Porque digámoslo sin rodeos: lo de Jorge Chávez es una metáfora perfecta de cómo funciona el Perú. Mucho anuncio, mucha maqueta en 3D y discursos grandilocuentes sobre “convertirse en el hub de Sudamérica”, pero cuando uno llega al flamante aeropuerto, se encuentra con techos que parecen láminas de calamina, salas grises, colas interminables y un ambiente más frío que abrazo de político en campaña.
Mientras El Dorado recibe 45 millones de pasajeros y planea llegar a 70 millones en 2050, nosotros presumimos un terminal que es un 20 % más chico que el anterior y que logra la hazaña de congestionar a seis mil pasajeros entre las 11 de la noche y las 2 de la mañana. Todo esto en medio de branding inexistente, servicios mediocres y colas dignas de un trámite en cualquier ministerio peruano.
El Dorado implementa pintura con nanotecnología que purifica el aire. Aquí, en cambio, pareciera que la única purificación que se hace es la de nuestros bolsillos, porque todo cuesta el triple, desde el café hasta el taxi. Y no hablemos de la señalización: turistas y peruanos caminan en círculos, arrastrando maletas como zombies, buscando por dónde demonios salir o dónde encontrar su puerta de embarque.
Mientras en Bogotá sueñan con convertirse en “El Dorado EdMax”, acá seguimos soñando con un aeropuerto que funcione como aeropuerto y no como taller mecánico. La diferencia entre ambos aeropuertos no está solo en sus paredes o en sus pistas, sino en la visión de país que los sustenta: en Colombia entienden que un aeropuerto es la cara del país. Aquí, en cambio, seguimos conformándonos con que el avión despegue sin caerse.
El Dorado de Bogotá es hoy el mejor de Latinoamérica porque conecta, deslumbra y fluye. El Jorge Chávez, en cambio, conecta poco, deslumbra nada y se tranca por todos lados. Pero, eh, dicen que es “nuevo”, aunque huela a viejo.
Reflexión final
Así estamos en el Perú: mientras otros países construyen aeropuertos del siglo XXI, nosotros inauguramos un hangar y lo bautizamos como “hub internacional”. Pero tranquilos, que seguro nos dirán que es culpa de nuestros celulares llenos de memes. Porque acá, si algo no funciona, siempre hay a quién echarle la culpa… menos a quienes gobiernan.
Porque en el Perú, hasta volar se ha convertido en un ejercicio de paciencia… y de resignación.
