Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Uno creería que organizar el torneo de clubes más grande del planeta, con Messi, el Bayern, el Madrid y toda la parafernalia global, garantizaría multitudes furiosas por conseguir entradas, reventas imposibles y estadios hirviendo de pasión. Pero no. El Mundial de Clubes 2025 nos acaba de regalar una ironía digna de comedia negra: más de un millón de asientos vacíos y un Infantino que, lejos de pronunciarse, parece estar ocupado contando billetes… o redactando comunicados llenos de “apetitos globales” y “alcances históricos”.
Mientras tanto, el alma del fútbol se pasea cabizbaja por gradas vacías, preguntándose en qué momento dejó de importar el juego para convertirse en espectáculo de PowerPoint y conferencias de prensa optimistas.
La cifra es brutal: 1.67 millones de hinchas asistieron a los partidos, en estadios con capacidad para 2.95 millones. O, para decirlo sin eufemismos, casi 1.3 millones de asientos vacíos. Un agujero negro de entusiasmo que ni Messi, ni el Real Madrid, ni los fuegos artificiales de Gianni Infantino lograron tapar.
El promedio de asistencia fue de 34,759 personas, cifra que, sobre el papel, suena decorosa… hasta que uno la compara con los gigantescos recintos norteamericanos, concebidos para eventos donde se cantan himnos patrióticos y se lanzan bombardas de papelitos. En lugares icónicos como el MetLife Stadium, sede de la final del Mundial 2026, apenas se llenó el 44,9% de las butacas. El mítico Rose Bowl, testigo de la gloria del 94, no superó el 50%. Hasta en Seattle y Atlanta, ciudades con cultura futbolera en crecimiento, los vacíos fueron más elocuentes que los goles.
Y mientras eso ocurría, la FIFA nos aseguraba con solemne cara de póker que el “apetito por el torneo habla por sí mismo”. ¡Vaya si habló! Solo que habló en lenguaje silencioso… el de los asientos vacíos y las cámaras que evitaban planos generales para no mostrar la catástrofe estética de gradas desiertas.
Pero, ¿qué dice Infantino de todo esto? Nada. Su portavoz, Bryan Swanson, esquiva preguntas como si estuviera jugando en la defensa italiana de los años 90. Lo último que supimos es un comunicado genérico que dice que “aficionados de 168 países ya han comprado entradas”. Qué conveniente olvidar mencionar que muchos de esos asientos se siguen quedando fríos, porque ni el streaming gratuito de DAZN logra calentar la pasión cuando lo que se ofrece es más Liga de Campeones recalentada que Mundial global.
Eso sí: los octavos de final prometen choques de “alto perfil”. Palmeiras contra Botafogo, Chelsea ante Benfica, el siempre glamoroso Inter Miami de Messi frente al PSG, y Real Madrid contra Juventus. Partidos que, en teoría, deberían vender boletos como pan caliente… salvo que la gente parece más preocupada por el calor abrasador en Estados Unidos, por el precio de las entradas o, simplemente, por lo irrelevante que ha resultado un torneo que pretendía ser la joya de la FIFA.
Y ahí está el gran drama: el Mundial de Clubes 2025 no solo ha sido un negocio tibio, sino un experimento que delata la desconexión de Infantino y sus genios de Zúrich con la esencia real del fútbol. Creen que basta con decir “Messi” o “Bayern” para llenar estadios. Olvidan que el fútbol es tribal, es identidad, es sentir. No se vende como un show de Broadway.
Hoy, el Mundial de Clubes es una postal perfecta de lo que pasa cuando el fútbol se rinde ante la política, el marketing y los balances financieros: partidos de altísimo nivel jugados frente a filas enteras de butacas vacías. Un torneo diseñado para los Excel y no para el corazón.
Infantino, tan hábil para aparecer en fotos y abrazar presidentes, brilla por su ausencia cuando hay que dar explicaciones. El mismo dirigente que sueña con mundiales de 104 partidos, con más selecciones, más sponsors y más todo… parece incapaz de admitir que su gran proyecto estrella ha sido, hasta ahora, un fiasco monumental.
Reflexión final
Mientras los asientos vacíos siguen acumulándose como prueba muda de este fracaso, el fútbol pierde algo más grave que millones de dólares: pierde alma. Porque si el juego más hermoso del mundo se convierte en un festival de marketing para estadios vacíos, habrá llegado el momento de admitir que lo único que Infantino ha llenado hasta ahora… son las cuentas bancarias de la FIFA.
Y, peor aún, ni siquiera el eco de Messi golpeando el travesaño podrá tapar ese vacío.
