Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Quién lo diría: tras años de letargo, nuestra siempre despierta Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria (Sunat) ha decidido abrir un ojo. Y lo ha hecho para mirar —con lupa— los céntimos que se mueven en Yape y Plin. Sí, justo ahí donde los peruanos han encontrado el único rincón donde pagar rápido, sin vueltas, ni boletas, ni la sonrisa congelada de un cajero que te ofrece la tarjeta de puntos.
Hace apenas unos años, hablar de billeteras digitales parecía una conversación de nerds techies en alguna conferencia de Silicon Valley. Hoy, el vendedor de emoliente de la esquina, la señora que arregla cierres y hasta el muchacho que limpia lunas en los cruces están con su QR a la mano: “Señito, ¿yapea o plinea?”. Y todos felices, porque ni el efectivo ni el POS cobran comisión… y, por supuesto, tampoco había Sunat que pregunte.
Pero, ¡ay, amigos!, los tiempos han cambiado. La Sunat ha despertado de su sueño profundo —ese en el que estuvo ocupada revisando facturas electrónicas de empresas quebradas o persiguiendo a microempresarios que venden sánguches en ferias— y ha visto en Yape y Plin el nuevo filón de oro de la recaudación. Porque resulta que todo, absolutamente todo, deja huella.
Cada yapeo, cada plineo, cada sol que uno transfiere para el ceviche, el corte de cabello o la compra del vestido de promoción, va directo a la cuenta bancaria. Y de ahí, queridos lectores, a la vista de la Sunat, que no quiere dejar ni una propina sin revisar.
Mientras tanto, los peruanos se preguntan por qué la Sunat actúa con tanta diligencia con las billeteras digitales, pero no con las grandes mafias de contrabando, los evasores de cuello y corbata, ni con los contratos multimillonarios que huelen raro. Pero claro, es mucho más sencillo perseguir al bodeguero que recauda S/ 45,001 al año que fiscalizar a los que firman licitaciones por miles de millones.
Porque, aceptémoslo, es mucho más sencillo para el Estado detectar a la señora que vende empanadas por WhatsApp que a las empresas que evaden impuestos a través de sofisticadas estructuras legales. Y mucho menos riesgoso también: la señora del WhatsApp no va a contratar abogados con honorarios de cuatro ceros para defenderse en tribunales.
Además, mientras la Sunat afina sus algoritmos para detectar al humilde emprendedor, los grandes problemas del país siguen flotando en el aire como neblina limeña. Tenemos un país con hospitales paralizados, colegios que se caen a pedazos, carreteras inconclusas y, para colmo, ciudades enteras tomadas por extorsionadores. Pero en medio de todo ese caos, lo verdaderamente urgente es saber cuántos soles movió la tía del barrio vía Yape en su negocio de sánguches.
La Sunat dice que su intención es combatir la informalidad. Suena noble… hasta que recordamos que vivimos en un país donde el Estado no puede garantizar seguridad, educación ni salud digna, pero se vuelve ágil y feroz para atrapar al pequeño comerciante que sobrevive vendiendo ropa online o empanadas por delivery.
Porque claro, no vaya a ser que los grandes responsables del hoyo fiscal sean, precisamente, los mismos de siempre: los pequeños emprendedores, los taxistas por aplicativo, las modistas, los artistas independientes… todos esos monstruos de la evasión que —según parece— mantienen al Perú sumido en el atraso.
Reflexión final
Y mientras Sunat al fin “despierta”, el país sigue en piloto automático, secuestrado por extorsionadores, con hospitales detenidos en obras y un gobierno más preocupado por llegar al 28 de julio de 2026 que por tener un plan real contra la criminalidad o la miseria.
Pero eso sí: ¡cuidadito con tu yapeo! No vaya a ser que te caiga Sunat… Porque en el Perú, la justicia y la fiscalización, a veces, parecen hechas solo para los más chiquitos. Y mientras tanto, los grandes siguen volando alto… muy por encima del radar de las billeteras digitales.
