Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Infantino no descansa. Mientras los futbolistas sueñan con tres semanas de vacaciones y los hinchas con partidos que importen, el presidente de la FIFA sigue inventando torneos como quien imprime stickers para el álbum Panini. Ahora se ha sacado de la manga un nuevo capítulo: Qatar quiere el Mundial de Clubes 2029. Sí, otra vez Qatar. Porque en el fútbol global ya no manda la pasión ni la competencia: manda el talonario.
Brasil se había lanzado con entusiasmo a la carrera para ser sede del Mundial de Clubes 2029, seducido por la idea de usar los estadios del Mundial femenino de 2027. Parecía lógico, sensato, hasta eficiente. Pero claro, la lógica no cotiza en Zurich. Cotizan los petrodólares. Y ahí aparece Qatar, con su chequera, su aire acondicionado en los estadios y su “compacidad geográfica” que tanto enamora a la FIFA desde 2022.
Mientras tanto, Javier Tebas, presidente de LaLiga, lo ha dicho sin rodeos: “Mi objetivo es que no haya más Mundiales de Clubes”. Lástima que la voz de Tebas pese menos que un susurro cuando Infantino empieza a oler millones. Porque, a estas alturas, hay que decirlo: el Mundial de Clubes no es un torneo, es una máquina de cashflow.
Eso sí, para llevarlo a Qatar habría que mover otra vez el calendario mundial. Alterar ligas, congestionar calendarios y mandar al diablo las vacaciones de los jugadores. Porque claro, ¡cómo se le ocurre al planeta fútbol tener estaciones climáticas distintas a las de Doha!. Si a Qatar le da por diciembre, que tiemblen las ligas europeas, la Champions y hasta la Copa del Rey.
Y es que el Mundial de Clubes es como ese invitado pesado en una fiesta que nadie pidió, pero que insiste en quedarse. Y si en la FIFA ya se frotan las manos pensando en estadios de mármol, suites VIP y sponsors con logos dorados, en los vestuarios los jugadores se muerden la lengua para no explotar. Rodri ya habló de huelga el año pasado. El sindicato francés lo acusó de “masacrar” a los futbolistas. FIFPro demanda ante la Unión Europea. Pero Gianni sigue ahí, sonriendo, como si nada.
La irrupción de Qatar 2029 es más de lo mismo: la prueba de que el fútbol, ese juego que alguna vez fue deporte, se convirtió en tablero de negocios. El espíritu competitivo se sacrifica en el altar de las alianzas estratégicas y de los derechos de TV. Y mientras el público empieza a hartarse de estadios medio vacíos y partidos irrelevantes, Infantino sueña con otro Mundial de Clubes, aunque lo tengan que jugar robots para que nadie se lesione.
Reflexión final
El fútbol no se está muriendo por falta de talento. Se está pudriendo por exceso de codicia. Y si no frenamos a tiempo, pronto el balón solo rodará en arenas climatizadas bajo los reflectores de marcas millonarias. Infantino, una pregunta sencilla: ¿alguna vez pensaste que el alma del fútbol vale más que tus millones?. Ojalá la respuesta no llegue demasiado tarde.
