Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
En este país, siempre encontramos maneras creativas de complicar lo que debería ser sencillo. Ahora, la nueva genialidad es pretender instalar un estadio para megaconciertos junto a un zoológico y sobre restos arqueológicos. Porque claro, si algo necesita Lima, es que sus animales terminen con taquicardia y sus huacas con grietas nuevas.
Animales que no compraron entradas… y pagarán el precio
La capital anda ilusionada con el Arena Lima, un escenario para veinte mil personas que se promete como el gran templo de la música. Y qué bien. Nadie está en contra de la modernidad, de los shows, ni de que la gente goce al ritmo de luces y decibeles. El problema es pretender montar semejante monstruo al costado de animales que jamás pidieron un pase para semejante festival.
¿En serio alguien cree que se puede bombardear a bajos estruendosos a jaguares, monos y pingüinos y que ellos lo sobrelleven como si nada? No es lo mismo vivir en la selva, en los Andes o en el mar que aguantar reguetón o rock a todo volumen. Pero pareciera que en la mentalidad de nuestras autoridades y empresarios, los animales son apenas decoración para el selfie turístico.
El discurso es el mismo de siempre: “modernidad”, “progreso”, “desarrollo económico”. Pero en el Perú modernidad suele significar cemento en cualquier lugar, sin importar lo que se destruya en el camino.
Se habla de aislamiento acústico, como si bastara forrar paredes con paneles mágicos para evitar que vibraciones de miles de personas saltando sacudan las jaulas, o para evitar que el retumbar de la música convierta a los animales en víctimas de estrés crónico. Eso es vender humo. Aquí no hay tecnología que evite la vibración generada por toneladas de parlantes y multitudes desbordadas.
Y mientras tanto, los vecinos de San Miguel, que ya bastante tienen con el tráfico y el caos, ahora deberán considerar comprarse tapones para los oídos y refuerzos para sus ventanas.
Huacas a ritmo de reguetón
Pero no solo hablamos de animales. Bajo el Parque de Las Leyendas yacen huacas, murallas y palacios que han resistido siglos, terremotos y conquistas. Puede que no sobrevivan a Bad Bunny o Metallica en vivo.
Es absurdo decir que protegeremos nuestro patrimonio mientras proyectamos levantar un estadio que puede terminar fracturando estructuras prehispánicas con cada golpe de batería. Las huacas no pueden protestar, pero se están jugando su integridad.
El negocio manda, la coherencia se va de gira
Lo que está detrás de todo esto es un enorme negocio. Prometen empleos, turismo, inversiones millonarias. Perfecto. Pero nunca cuentan la letra pequeña: los animales desquiciados, el patrimonio fracturado, los vecinos agotados, los ecosistemas perturbados.
Aquí no hay planificación urbana, ni respeto a la naturaleza ni a la historia. Solo hay un entusiasmo ciego por ver rendimientos financieros. Todo lo demás es “daño colateral”. Que Lima tenga su Arena, por supuesto. Nadie se opone a la cultura, a los conciertos ni a la diversión. Pero no puede ser en el Parque de Las Leyendas.
No se trata de oponerse a la modernidad, sino de recordar que hay lugares que tienen límites que no debemos cruzar. Si insistimos, pagaremos el precio: animales traumatizados, huacas destruidas y vecinos que nunca volverán a dormir tranquilos.
Reflexión Final
El progreso no se mide en metros cúbicos de concreto ni en decibeles. Se mide en la capacidad de una sociedad de crecer sin destruir lo que la hace única. Si seguimos confundiendo desarrollo con atropello, pronto tendremos jaulas vacías, huacas colapsadas y más proyectos faraónicos que nadie se atreverá a disfrutar.
Así que sí a los conciertos, sí al Arena… pero no en el zoológico. Ni sobre nuestras huacas. Ni a costa de la vida que no tiene cómo defenderse.
