Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Ah, Machu Picchu. Nuestra estrella mundial. La postal del Perú, la niña bonita del turismo, el monumento que debería darnos orgullo y… bueno, también dinero. Mucho dinero.
Pero mientras turistas del mundo sueñan con selfies sobre andenes incas, y mientras los operadores turísticos sudan la gota gorda para mantener viva la ruta, el Gobierno de Dina Boluarte y sus ministros parece tener la brújula más extraviada que un gringo en la selva sin guía.
S/ 25 millones. Esa es la cifra anual que se esfuma como neblina en Machu Picchu, según reporta El Comercio, por culpa de problemas estructurales que harían llorar hasta a Pachacútec.
Y no hablamos solo de piedras sueltas ni de llamas que se cruzan en las vías del tren. Hablamos de confusión, caos, sobreventa de entradas, plataformas digitales colapsadas y broncas entre el Ministerio de Cultura, el Gobierno Regional, los gremios turísticos y hasta la UNESCO.
Mientras tanto, los turistas llegan y se topan con colas infinitas, maltratos y la siempre emocionante ruleta rusa de no saber si podrán ingresar aunque hayan pagado sus boletos hace meses. Nada como una experiencia mística para el viajero: Machu Picchu… y sus emociones extremas.
Pero lo que duele no es solo el drama del viajero. Es el golpe que esto le está dando a miles de familias cusqueñas que viven del turismo, desde el guía hasta la vendedora de chullos en la plaza. Cusco debería estar rebosante de turistas y divisas, y en cambio está perdiendo millones que se evaporan por pura ineptitud estatal.
¿Y el Gobierno?. Bien, gracias. Dina Boluarte y su gabinete siguen en su ya clásico “piloto automático”. Su única estrategia parece ser aguantar como sea hasta el 28 de julio de 2026, aunque Machu Picchu se caiga a pedazos.
Ni un plan de gestión eficiente, ni diálogo serio con los gremios turísticos, ni tecnología confiable para las entradas. Y mientras tanto, la frase favorita sigue siendo “estamos evaluando.” Llevamos años “evaluando” y Machu Picchu sigue temblando… y no precisamente por sismos.
No se trata solo de piedras milenarias. Se trata de la imagen del Perú en el mundo. Se trata de empleos, de economía local, de orgullo nacional. Pero parece que eso no figura en el cuadernillo de prioridades del Ejecutivo, ocupado quizás en cifras más personales, como el nuevo sueldo presidencial.
Reflexión Final
Mientras tanto, el Perú pierde S/ 25 millones al año, pierde prestigio y pierde la paciencia. Machu Picchu merece ser tratado como lo que es: un tesoro cultural y económico. No como un problema molesto que se deja para después.
Pero claro, para eso se necesitaría un gobierno que gobierne, no uno que solo sobreviva. Y por ahora, la única estrategia visible es llegar con oxígeno —y sueldo completo— al 28 de julio de 2026.
Hasta entonces, Machu Picchu seguirá allí, resistiendo. Más fuerte que cualquier gobierno en piloto automático.
