Por Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra
Qué curioso es enterarse que National Geographic tiene más interés en promocionar la belleza del Perú que el propio Estado peruano. Y así, sin que se enteren los genios de Promperú ni los ministros de Dina Boluarte —que bastante ocupados están contando encuestas de desaprobación—, la Playa Roja de Paracas acaba de ser elegida una de las siete maravillas naturales de Sudamérica.
Sí, una joya natural que hace suspirar a los viajeros internacionales y que aquí pasa desapercibida, salvo cuando hay que tomarle fotos para un afiche desactualizado de turismo.
Mientras en otros países un reconocimiento de National Geographic es un hito para lanzar campañas globales, atraer inversiones y fortalecer identidad nacional, aquí se convierte en otra anécdota que pasará a engrosar el inventario de riquezas mal promocionadas.
Porque hay que decirlo: Promperú parece más un museo de folletos que una agencia moderna de promoción turística. Se limitan a retuitear un par de posteos, desempolvar un afiche con un eslogan que ya nadie recuerda, y después seguir con la rutina de la inacción crónica.
Y mientras tanto, Dina Boluarte y sus ministros —tan distantes de la realidad— probablemente ni siquiera sepan dónde queda la Playa Roja. Al fin y al cabo, la visión estratégica del turismo en el Perú cabe en un correo spam con un PowerPoint mal diseñado.
Qué ironía que un ecosistema que alberga orcas, tiburones, nutrias, leones marinos y 225 especies de aves migratorias sea más dinámico que la política turística peruana. La arena rojiza de Paracas, que ha tardado miles de años en formarse, probablemente evolucionó más rápido que las ideas de nuestros burócratas.
Mientras el Salto Ángel en Venezuela, el glaciar Grey en Chile o el bosque de Brownsberg en Surinam son celebrados con campañas de marketing agresivas, aquí seguimos satisfechos con el mínimo esfuerzo: un post en redes sociales que se pierde entre memes de politiquería y encuestas desoladoras.
La Playa Roja de Paracas no solo es un símbolo natural incomparable. Es, también, un recordatorio de la negligencia con que tratamos nuestra propia riqueza. Porque aunque tengamos paisajes que dejan boquiabiertos a los viajeros del mundo, parece que el verdadero milagro sería tener un Estado capaz de valorarlos y promoverlos con profesionalismo.
Reflexión final
Cuando un turista extranjero llega a Paracas y se emociona con su belleza única, lo hace sin saber que, detrás de esa postal perfecta, hay una burocracia que bosteza.
Y mientras National Geographic sigue publicando listas que nos llenan de orgullo, el Estado peruano sigue funcionando en piloto automático. Tal vez algún día tengamos autoridades que entiendan que el turismo no se construye con folletos de archivo ni con discursos huecos, sino con visión, estrategia y un mínimo de respeto por el patrimonio que heredamos.
Porque la Playa Roja no necesita que la promocionen. Es tan extraordinaria que se vende sola. Lo que sí necesita es un país que despierte.
