Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Estados Unidos lo ha intentado todo para enamorarse del fútbol. Ha traído estrellas, ha construido estadios monumentales, ha invertido fortunas y ha abrazado discursos de “soccer rising” hasta el cansancio. Pero hay cosas que el dinero no puede comprar, y una de ellas es el latido sincero por el fútbol.
Y el Mundial de Clubes 2025 ha sido la bofetada de realidad más dolorosa. Porque ni Messi, ni Infantino, ni DAZN lograron encender esa chispa.
La historia del fútbol en Estados Unidos es el cuento repetido del “ahora sí”. En los setenta, el país importó a Pelé como si fuera un rockstar para animar estadios medio vacíos. En los noventa, organizó un Mundial y juró que el deporte había llegado para quedarse. Luego fundaron la MLS, trajeron a Beckham, a Zlatan, a Messi… y, sin embargo, el fútbol sigue siendo un actor secundario en el guion deportivo estadounidense.
Porque en Estados Unidos, el fútbol no se vive, se consume. Es un evento más, comparable a un concierto o a un parque temático. Algo que se compra por entradas o por streaming, pero no algo que se siente en las entrañas.
Y el Mundial de Clubes 2025 ha sido la prueba definitiva. Estadios semi vacíos, partidos desiguales, gradas cubiertas de cemento y boletos regalados para intentar maquillar la realidad ante las cámaras. Mientras Infantino sonríe hablando de “éxito global”, la FIFA ha tenido que reubicar espectadores estratégicamente para que las transmisiones de DAZN no parezcan la final de barrio de los domingos.
El fútbol no prende en suelo estadounidense porque allí, sencillamente, no hay cultura de fútbol. La pasión está reservada para la NFL, la NBA, el béisbol y el hockey. Hasta las carreras de coches tienen más fervor. El fútbol ocupa, con suerte, un quinto lugar en el corazón de los estadounidenses, y eso, si Messi está jugando.
Y ni siquiera Messi ha logrado cambiar la historia. Llenó algunos estadios, vendió camisetas, generó memes… pero al final, su magia duró lo que dura un trending topic. Porque, en cuanto la NFL empezó su temporada, Messi desapareció de los titulares.
La evidencia es contundente: más de un millón de asientos vacíos en el Mundial de Clubes. Partidos jugados bajo temperaturas de horno. Jugadores extenuados, calendarios saturados y federaciones reclamando por el bienestar de sus plantillas. Y mientras tanto, la FIFA regalando entradas para llenar estadios, con el único propósito de salvar las transmisiones y las cifras que debe reportar a socios comerciales como DAZN.
Y todo esto es solo un ensayo. Porque el Mundial 2026 será el verdadero desafío. Con 48 selecciones, más partidos, más desplazamientos y el mismo público tibio. Si hoy el Mundial de Clubes ha sido un desierto emocional, ¿qué podemos esperar en 2026?
Hay que decirlo sin rodeos: Estados Unidos no es tierra fértil para el fútbol. Puede recibir mundiales, puede presumir estadios ultramodernos, puede importar ídolos… pero no puede fingir pasión. Y la pasión es el alma de este deporte. Sin ella, el fútbol se convierte en puro espectáculo vacío.
La FIFA debería tomar nota y dejar de insistir en forzar amores imposibles. Porque no importa cuántos millones invierta Blavatnik, cuántas transmisiones 4K prepare DAZN o cuántas visitas diplomáticas haga Infantino. Si el corazón no late por el fútbol, el cemento seguirá dominando las gradas.
Reflexión Final
El Mundial de Clubes ha sido el espejo que nadie quería mirar. Ha mostrado que Estados Unidos, con toda su tecnología, infraestructura y chequeras, no puede comprar lo único que el fútbol necesita para sobrevivir: pasión auténtica.
El Mundial 2026 está a la vuelta de la esquina. Y si el ensayo actual es algún indicio, la FIFA se arriesga a montar el espectáculo más caro y vacío de la historia. Porque al final, el fútbol no vive de estadios futuristas ni de contratos millonarios. Vive de corazones que laten al compás de un balón. Y en Estados Unidos, ese corazón sigue frío.
