Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Uno se imagina que el Perú es un país donde nada sorprende ya. Hasta que, de pronto, te enteras de que ese jugoso pavo que compraste para el almuerzo… podría ser flamenco. Sí, leyó bien: flamenco, con patas largas, plumaje rosado y toda la parafernalia exótica que luce tan bonita en los documentales de National Geographic.
Pero aquí estamos: en un país donde la fauna silvestre acaba en el plato, donde los derrames de petróleo se entierran bajo la arena y donde los políticos se enteran de la existencia de especies protegidas… por los noticieros.
La historia parece sacada de un guion de humor negro. En Sechura, Piura, han masacrado al menos 150 crías de flamenco chileno (Phoenicopterus chilensis) en plena temporada de cría, un espectáculo natural que debería maravillar al mundo… y que aquí termina en carnicería clandestina.
Según reveló Infobae, los cazadores ilegales procesaron a los flamencos allí mismo, dejando un reguero de patas, plumas y vísceras. El resto fue convertido en filetes que, según denuncias, se están vendiendo como carne de pavo en los mercados locales. Así, sin más. Del desierto a la olla.
No es cualquier ave. Estamos hablando de una especie catalogada como “Casi Amenazada” por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Una especie que cría sus polluelos con celo durante meses, solo para que terminen en bolsas plásticas con la etiqueta de “ave de corral”.
Serfor halló 304 pares de patas, plumas y vísceras en la laguna La Huaquilla. No encontraron a los responsables. Ni un nombre. Ni un detenido. Y mientras tanto, los flamencos siguen desapareciendo. Total, aquí las especies silvestres no tienen quién les escriba… ni quién las defienda con suficiente firmeza.
Lo peor no es solo la matanza. Lo peor es el silencio ensordecedor. Porque mientras en Francia, la presidenta Dina Boluarte hablaba del amor por los océanos y la vida silvestre en el Congreso de los Océanos, aquí ni ella ni sus ministros han dicho una palabra sobre los flamencos descuartizados.
Se supone que tenemos leyes, multas, códigos penales, fiscales ambientales. Pero las sanciones —máximo 10 UIT o poco más de 50 mil soles— son calderilla para un negocio negro que puede lucrar vendiendo carne exótica al precio del pavo navideño.
La ironía es deliciosa: nos preocupamos por proteger los océanos internacionales, pero no podemos evitar que nuestras aves terminen disfrazadas de pavo en el mercado de Sechura.
Hoy, mientras la bandera peruana flamea en los foros internacionales de conservación, aquí estamos metidos en el surrealismo: devorando flamencos sin saberlo. Los responsables caminan libres, el Estado calla y la biodiversidad peruana sigue cayendo víctima de la caza furtiva, la indiferencia política y la impunidad casi garantizada.
Reflexión final
Señora presidenta, ministros, congresistas: quizá, en lugar de discursos sobre los océanos en París, podrían mirar un rato hacia Sechura. Allí donde los flamencos sangran y se convierten en “pavo”. Allí donde, en lugar de fauna protegida, producimos filetes clandestinos.
Porque si en el Perú un flamenco puede terminar en la mesa familiar sin que nadie se entere, ¿qué esperanza nos queda para proteger lo demás?.
Y mientras tanto, buen provecho. Ojalá, la próxima vez que compre pavo… sea realmente pavo.
