Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Mientras las empresas eléctricas nadan en utilidades gracias al gas barato de Camisea, el sur peruano sigue relegado al gas en camiones cisterna y precios prohibitivos. Las promesas ministeriales suenan a eco vacío, mientras las reservas reales se agotan y el gas sigue fluyendo… rumbo a México y Asia.
En el Perú decimos que tenemos gas. Y lo gritamos con orgullo. Que somos un país energético. Que tenemos reservas. Que somos potencia. Lástima que la única combustión que genera ese gas sea la de la indignación del sur peruano, que lleva décadas esperando que el dichoso gasoducto pase de ser una línea en PowerPoint a una realidad tangible.
Y para añadirle comedia al drama, el ministro Jorge Montero anuncia, con gesto triunfal, que el lote 58 empezará a producir gas en 2026. ¿Reservas probadas?. No. ¿Infraestructura para llevarlo al sur?. Tampoco. Pero, oye, la conferencia de prensa salió bonita.
La verdad es esta: Más del 60 % del gas natural que se produce en el Perú termina alimentando las plantas eléctricas que nos venden luz a precio de oro. Mientras Enel, Engie, Kallpa y Termochilca llenan sus arcas, el consumo residencial en Lima y Callao apenas alcanza un mísero 3 %.
¿Y el sur?. Siguen a oscuras. O peor, con gas que viaja en cisternas, pagando el doble o el triple de lo que cuesta en la capital. Porque al parecer, es más rentable llevar gas a México, Japón y Corea del Sur que a Cusco, Arequipa o Tacna.
El lote 58 suena bonito en el papel. Pero como bien advierte Jorge Manco Zaconetti, no son reservas probadas. Son solo números en informes que quedan estupendos en conferencias. Y si algún día se produce ese gas, la infraestructura prevista lo llevará directo a Lima, enterrando para siempre el sueño del gasoducto del sur para uso masivo de la población.
Mientras tanto, las reservas del lote 88, las únicas que de verdad estaban comprometidas con el mercado interno, se han reducido a la mitad desde 2004. Y con cero exploraciones nuevas en camino, la gran pregunta es: ¿qué vamos a quemar para prender la luz en veinte años?.
En este país tenemos gas… para todo el mundo menos para nosotros. El sur sigue mirando el gasoducto como quien mira un unicornio: saben que existe en los cuentos, pero jamás lo han visto pasar por su puerta.
Mientras tanto, las generadoras eléctricas siguen comprando barato y vendiendo caro. Y el Gobierno sigue vendiendo humo. O gas. O lo que sea que venda ahora.
Reflexión Final
Quizás sería más honesto que el Estado admitiera que el gas peruano es un negocio de exportación, no un derecho ciudadano. Y que mientras se llenan discursos con la palabra “masificación”, la única cosa que realmente se ha masificado es la desigualdad.
Porque si algo está claro, es que el gas existe. Solo que no está para el pueblo. Está para el negocio. Y hasta nuevo aviso, el sur del Perú seguirá esperando su turno… si es que alguna vez llega.
