Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Alerta de liquidación: la gran final del Mundial de Clubes entre Chelsea y PSG, ese partido que supuestamente iba a paralizar al planeta fútbol, está tan desinflado que ni en las rebajas de verano se ven descuentos así. En Estados Unidos, el país donde hasta la emoción se cotiza en dólares, las entradas para el choque en el MetLife Stadium cayeron de casi 400 a 200 dólares. Y ojo, que podrían seguir bajando. La pregunta que flota en el ambiente es: ¿a alguien le importa este torneo?. O mejor aún, ¿quién sigue comprándole el cuento a Gianni Infantino de que el Mundial de Clubes iba a ser la gran joya futbolística del calendario?.
Porque, seamos francos: Infantino soñó con convertir este torneo en un espectáculo de luces, dólares y streaming. Quería estadios llenos, camisetas flameando, influencers posteando selfies con hashtags rimbombantes… y terminó vendiendo entradas a precio de hot dog. El fiasco no es solo económico: es un síntoma clarísimo de un fútbol convertido en mercancía, más preocupado por vender hospitality packages y derechos televisivos que por respetar la pasión que lo hizo grande.
El Chelsea, un club que apenas logra entusiasmar a sus propios hinchas en Londres, aterrizó en suelo norteamericano para encontrarse con graderías semi vacías. El PSG, ese circo futbolístico de petrodólares, tampoco es suficiente imán. Ni el glamour de sus estrellas —ni los goles de Mbappé— han logrado convencer al público estadounidense de que este partido merece un mínimo de 400 dólares de su bolsillo.
Mientras tanto, Ticketmaster hierve con usuarios tratando de revender sus entradas. Porque claro, cuando el fútbol se programa como si fuera un espectáculo de Broadway, el público tiene derecho a decidir si el show vale o no el precio de la butaca. Y, al parecer, Chelsea vs. PSG no vale tanto.
Y para mayor escarnio de Infantino, el Real Madrid, ese gigante que asegura taquilla hasta en partidos de entrenamiento, fue eliminado en semifinales. ¿Coincidencia que los precios se desplomaran tras la caída merengue?. Lo dudo. No se puede construir un imperio comercial futbolístico sobre la base de dos clubes europeos que, con todos sus millones, no tienen ni la mitad del arrastre popular de los blancos.
La gran lección que deja este Mundialito en oferta es clara: el fútbol no se impone a golpe de billetera. La pasión no se fabrica ni se ordena desde una oficina en Zúrich. Infantino podrá llenar conferencias de prensa con frases rimbombantes sobre crecimiento global, pero si la gente no siente que el torneo tiene alma, no hay algoritmo que lo salve.
Reflexión final
Y mientras Gianni sigue contando dólares y pensando en cómo exprimir más al Mundial 2026, el fútbol verdadero sigue pidiendo a gritos respeto y sentido común. Porque aunque lo olviden los señores de corbata en FIFA, el fútbol no es solo números ni rankings de engagement. El fútbol, querido Infantino, es pasión. Y esa pasión hoy está más barata que nunca.
