Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Se apagaron las luces en el MetLife Stadium, se guardaron los fuegos artificiales y Gianni Infantino sonríe frente a los micrófonos, anunciando —una vez más— que el Mundial de Clubes fue un éxito monumental. Lástima que la realidad no lo acompañe. Porque si algo dejó claro este torneo recién terminado, es que, aunque la FIFA pueda inflar balances y exhibir trofeos dorados, el saldo futbolístico, emocional y hasta ético ha sido profundamente desfavorable para Infantino y su show planetario.
Terminó el Mundial de Clubes con más cemento que pasión en las tribunas, jugadores al borde del colapso físico, goleadas de 10-0 impropias de un torneo que presume ser de “élite”, y entradas rebajadas —o directamente regaladas— para disimular la soledad en los estadios. Mientras Infantino se envuelve en discursos triunfalistas, respaldado por cifras millonarias que parecen justificarlo todo, en las gradas y en la cancha la sensación fue otra.
“Ha comenzado la edad de oro del fútbol de clubes”, gritó Infantino mientras Reece James levantaba el trofeo junto a Donald Trump, en una postal más digna de un mitin político que de una fiesta futbolera. La FIFA presume ingresos superiores a 2.100 millones de dólares. Sin embargo, esos números poco consuelan a los hinchas que presenciaron partidos deslucidos, desequilibrados y con temperaturas tan extremas que obligaron a detener los juegos para que los futbolistas no se desplomaran sobre el césped.
Mientras tanto, el sindicato mundial de futbolistas, FIFPro, lanzó advertencias: las condiciones fueron inhumanas y el desgaste físico de los jugadores alcanza niveles insostenibles. El propio Enzo Fernández lo describió claro: “El calor es increíble. Jugar así es muy peligroso.” Pero la FIFA, lejos de mostrar autocrítica, justificó hasta la supresión del partido por el tercer puesto “para que los jugadores descansen”. Qué detalle tan conmovedor… después de meterlos en un calendario infernal que no deja espacio ni para respirar.
Y para mayor ironía, el partido final, entre Chelsea y PSG, no logró encender el fervor de los fanáticos estadounidenses. Las entradas bajaron de casi 400 a apenas 200 dólares, y aun así hubo reventa masiva. Ni siquiera el glamour europeo ni la retórica de Infantino alcanzaron para llenar el MetLife Stadium. Porque en Estados Unidos, el fútbol —ese verdadero, con alma— sigue sin encontrar raíces profundas, por más millones que se inviertan.
A lo largo de este Mundial de Clubes vimos partidos con apenas mil espectadores, tribunas vacías tapadas con lonas, temperaturas rozando los 40 grados y goleadas humillantes que dejaron en evidencia que lo que sobra en este torneo es cantidad, no calidad. El fútbol convertido en una maratón financiera de 63 partidos que, lejos de consolidar la globalización del deporte, expuso las grietas de un proyecto más orientado a engordar balances que a respetar el espíritu competitivo.
Así terminó este Mundial de Clubes: con la FIFA jactándose de balances históricos, mientras el cemento en las tribunas contó otra historia. Infantino se va convencido de que su proyecto ha sido un éxito, pero el saldo, guste o no, es desfavorable. El torneo quedó lejos de lo prometido: ni fue la mayor fiesta de clubes del planeta, ni encendió pasiones, ni dejó la sensación de un evento inolvidable. Más bien, evidenció que la FIFA está jugando un partido donde los goles se cuentan en dólares, aunque en la cancha reine la indiferencia.
Reflexión final
Porque si algo debería quedar claro tras este Mundial de Clubes, es que el fútbol no se compra con talonarios, ni se construye a fuerza de discursos grandilocuentes. Se gana con pasión, con competencia auténtica, con estadios llenos de vida y no de butacas vacías. Y por mucho que Infantino insista, esta vez no hubo edad de oro. Solo cemento, calor, cansancio y el eco de una fiesta que nunca terminó de empezar. Y mientras él celebra sus cifras, el fútbol —ese de verdad— sigue esperando que alguien lo ponga por encima de los negocios.
