Por Edwin Gamboa. Fundador Caja Negra
Mientras Dina Boluarte celebra el supuesto triunfo de su gobierno sobre la inflación —como si el presidente del Banco Central, Julio Velarde, no existiera—, hay 100 mil jóvenes limeños que no tienen nada que festejar. Según el INEI, en solo un año perdieron su empleo y, con él, cualquier atisbo de esperanza en un futuro mejor. Pero claro, Palacio está demasiado ocupado colgándose medallas macroeconómicas para mirar a quienes, paradójicamente, deberían ser el motor de este país.
El relato es perfecto para los discursos oficiales: la inflación bajo control, la economía “resiliente” y el Perú “fuerte”. Pero, bajando a tierra, la realidad es menos luminosa: 102 mil jóvenes de entre 18 y 24 años se quedaron sin trabajo en Lima Metropolitana en los últimos 12 meses. Una caída de 14,3% que no se ve ni en los peores años de recesión reciente. Eso dice el INEI, no la oposición ni ningún “enemigo de la patria”.
Mientras tanto, Dina Boluarte aparece ante cámaras adjudicándose el “mérito” del control de la inflación. Qué curioso, porque hasta donde se sabe, la estabilidad de los precios la maneja Julio Velarde, que ha logrado mantener la inflación a raya más por ortodoxia técnica que por milagros presidenciales. Pero para qué reconocerlo, si siempre es más cómodo atribuirse logros ajenos, especialmente cuando la gestión propia es un desastre en el resto de frentes.
La situación de los jóvenes es trágica: tres años consecutivos de caída en el empleo juvenil, títulos universitarios o técnicos guardados en cajones y una frustración que crece como espuma. Antes de la pandemia, las empresas contrataban el doble de jóvenes respecto a trabajadores mayores de 30. Hoy, los mayores de 30 son cuatro veces más demandados. Así de profundo es el hoyo en el que estamos metidos.
Y mientras Dina Boluarte y sus ministros se felicitan mutuamente en Palacio, el Congreso anda ocupado multiplicando feriados en lugar de legislar algo útil para sacar a los jóvenes del desempleo. La educación pública sigue en ruinas tras la pandemia, y nadie se preocupa en serio por conectar a esos jóvenes con un primer empleo formal. La consecuencia es un ejército de muchachos desanimados, dispuestos a migrar o resignarse a la informalidad.
Dina Boluarte no puede seguir vendiendo cuentos sobre una economía “en orden” mientras más de 100 mil jóvenes se quedan fuera del mercado laboral. No basta con tener los precios estables si la juventud peruana está condenada a la desesperanza, y si las cifras de crecimiento son puro maquillaje para discursos vacíos.
Reflexión final
La verdadera estabilidad económica no está en la cifra de la inflación. Está en que nuestros jóvenes —esos mismos a los que el Estado pide soñar en grande— puedan trabajar, ganarse la vida y aportar al país. Mientras Dina Boluarte siga atribuyéndose méritos ajenos y mirando para otro lado, el Perú seguirá teniendo números bonitos… y miles de jóvenes con bolsillos vacíos y futuro incierto.
(Fuente: INEI, julio 2025)
