Por Edwin Gamboa, Fundador Caja Negra
Julio, mes de la patria, de los desfiles escolares, de las banderitas flameando en balcones y de discursos llenos de fervor. Pero este 2025, el rojo de nuestra bandera no es solo símbolo patrio, sino el color de la sangre que tiñe calles, plazas y carreteras. Más de cinco mil muertes violentas en lo que va del año, con cifras que superan cualquier récord lúgubre en casi una década.
Mientras tanto, en Palacio, la presidenta Dina Boluarte parece haber confundido su calendario presidencial con un calendario de adviento, contando días para llegar al 28 de julio de 2026, mientras el país se le desmorona en manos de sicarios, extorsionadores y mafias mineras ilegales.
La cifra es escalofriante: 5.000 vidas perdidas en apenas seis meses y medio. No es solo un número para un titular sensacionalista. Son rostros, nombres, historias truncas, padres, madres, hijos, hermanos, trabajadores que salieron a ganarse el pan y no regresaron.
La violencia se ha convertido en nuestro pan diario. El viernes 4 de julio ha sido, hasta ahora, el día más sangriento de este mes patrio, con trece homicidios en 24 horas. Trece familias destruidas. Trece sillas vacías en las mesas de miles de hogares peruanos. Y, sin embargo, lo que vemos desde el gobierno son frases vacías, ruedas de prensa anodinas y un piloto automático que sigue girando, mientras la realidad se lleva por delante cualquier atisbo de liderazgo.
El sicariato, la extorsión, el cobro de cupos, las mafias de mineros ilegales… se han convertido en auténticos poderes paralelos. El Estado ha sido sustituido por organizaciones criminales que deciden quién vive, quién paga y quién muere. Mientras, en Palacio, los ministros siguen ocupados en reuniones interminables y en aplaudir cualquier cifra del BCR que sirva para inflar discursos, aunque los cadáveres se sigan acumulando.
Y no nos engañemos: este baño de sangre no es solo culpa de los criminales. Es producto de un Estado que se ha rendido. Un gobierno sin norte, sin planes, sin decisión política para enfrentar el terror cotidiano que viven millones de peruanos. Es más fácil posar para la foto, inventar simulacros o grabar spots publicitarios que desplegar inteligencia policial seria, que limpiar las instituciones podridas por la corrupción o que asegurar justicia rápida y eficaz para las víctimas.
Mientras tanto, nos siguen hablando de “percepción de inseguridad”. No, señora presidenta. La inseguridad no es percepción. Es una bala que atraviesa cuerpos, un sobre manchado de sangre dejado en la puerta de una tienda, es el miedo que paraliza barrios enteros.
En los últimos nueve años, jamás habíamos visto una estadística tan espantosa. Juan Carbajal, ingeniero y experto en emergencias, lo advirtió: si seguimos esta tendencia, el 2025 se convertirá en el año más violento en casi una década. Pero al parecer, ni siquiera esas alarmas logran sacar a nuestros gobernantes del sopor.
Mientras en el Congreso discuten quién se sube el sueldo y en el Ejecutivo siguen jugando a los simulacros, los peruanos enterramos a nuestros muertos. Día tras día. Muertos que podrían estar vivos si existiera un Estado con capacidad de protegernos.
La violencia no se combate con discursos ni con comunicados de prensa. Se combate con decisiones valientes, con reformas profundas, con un liderazgo que hoy brilla por su ausencia. Y, sobre todo, se combate con respeto a la vida humana, algo que, en nuestro país, parece haberse convertido en una moneda barata.
Reflexión Final
Julio debería ser el mes en que recordamos que somos libres e independientes. Hoy es el mes en que recordamos que somos un país rehén de mafias, mientras nuestros gobernantes cuentan los días para salvar su pellejo político.
Ojalá despertemos antes de que sigamos contando no solo muertos, sino los restos de un país que se nos está yendo de las manos. Porque el rojo de nuestra bandera debería simbolizar coraje, no ríos de sangre que se llevan nuestra esperanza.
