Por Edwin Gamboa. Fundador Caja Negra
En el Perú de las maravillas, hay un club exclusivo donde las reglas son sencillas: las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) siempre ganan, tú solo pagas. Tu dinero es tuyo… hasta que lo necesitas. En ese momento, mágicamente se convierte en “patrimonio intangible del sistema”, “columna vertebral del mercado de capitales” y “motor de la infraestructura”. Y tú, humilde aportante, pasas a ser una amenaza económica por querer —imagina tú— retirar parte de lo que te pertenece.
Esta semana, el Instituto Peruano de Economía (IPE) —esa especie de oficina de prensa técnica de los intereses financieros— envió una carta muy preocupada al Congreso, suplicando que no se apruebe el retiro de 4 UIT de las AFP. Pero no se quedaron ahí: piden nada menos que una reforma constitucional para blindar el sistema privado de pensiones. Porque, claro, cuando el pueblo pide pan, las élites proponen candado.
Según el IPE, los retiros anteriores han dejado el sistema como un paciente en cuidados intensivos: 129 mil millones de soles menos, 2.3 millones de afiliados con cuentas vacías, 6.3 millones con menos de una UIT, y el mercado de capitales con arritmia. Pero hay una omisión que parece deliberada: ese dinero no fue robado, fue retirado por sus legítimos dueños, en plena pandemia o crisis. ¿O es que preferían verlos mendigar pensiones no contributivas con un futuro “resguardado”?
La narrativa del “descalabro” es tan previsible como conveniente. Se culpa al trabajador por desfondar su cuenta, pero no se menciona que las AFP cobraron comisiones incluso cuando las cuentas se vaciaban. Se advierte que una persona que retira todo su fondo solo accederá a una pensión del 21% de su último sueldo. Lo que no se dice es que, aún sin retirar, muchos jubilados ya reciben pensiones igual de precarias, porque el sistema en sí es disfuncional.
El colmo llega cuando se propone una reforma constitucional para prohibir futuros retiros. Es decir, tu plata seguirá en las AFP pase lo que pase: crisis, pandemia, terremoto o guerra mundial. Y si te atreves a pedirla, serás tildado de populista, irracional o enemigo del futuro fiscal de la nación.
Mientras tanto, el Congreso espera que el MEF publique el reglamento de una reforma que, al ritmo actual, llegará más tarde que la jubilación misma. Entre tanto tecnicismo, cálculos actuariales y advertencias de colapso, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿Por qué un sistema que se nutre del ahorro de millones de trabajadores necesita ser “blindado” contra ellos?.
En el Perú, el sistema previsional no es una red de seguridad social, sino una jaula de oro para el capital financiero. Se gestiona con el sudor de los trabajadores, pero se gobierna según los miedos del IPE, los intereses de los bancos y los silencios del Ejecutivo. Quienes aportan deben seguir haciéndolo, pero no pueden tocarlo. Quienes administran, en cambio, siempre cobran, incluso cuando pierden. La ecuación es simple: si pierdes, pierdes; si ganas, también pierdes.
Reflexión final
Quizá lo más indignante no es que las AFP ganen siempre, sino que se nos exija aplaudir mientras lo hacen. Se habla de “educación financiera”, pero lo que falta es educación cívica para entender que el dinero del trabajador no es rehén de los intereses privados ni propiedad del Estado, sino un derecho tangible y urgente. Y mientras sigamos pidiendo permiso para usar lo que es nuestro, seremos solo eso: invitados sin voto al banquete de nuestra propia jubilación.
