Por Edwin Gamboa. Fundador Caja Negra
Mientras el país entero hace malabares para no desplomarse entre extorsiones, minería ilegal, hambre, colapso sanitario y el desgobierno en piloto automático, el Ministerio de Defensa irrumpe con una brillante idea: obligar a todos los medios a transmitir el Himno Nacional dos veces al día. Al parecer, cantar más fuerte es la solución a todo. Y si no funciona, pues… se canta cuatro veces. Porque en un país sin seguridad, sin salud, sin educación, al menos nos quedará la entonación.
La propuesta presentada por el Mindef busca que medios de comunicación, radios, canales y hasta plataformas digitales interrumpan sus transmisiones a las 8 a. m. y 6 p. m. para emitir el Himno Nacional en su versión oficial, con subtítulos, lengua de señas y sin adornos musicales. En el caso del IRTP, la obligación será aún más patriótica: cuatro veces al día. Un decreto con aroma a centralismo simbólico que llega justo cuando la institucionalidad se tambalea y la ciudadanía exige respuestas concretas.
La respuesta no se hizo esperar. El defensor del Pueblo, Josué Gutiérrez, alertó que imponer este tipo de medidas no es la ruta adecuada para fortalecer la identidad nacional, recordando que el civismo no se decreta, se construye. El canciller Elmer Schialer también se desmarcó, señalando que esta iniciativa no representa los valores democráticos y que no la respalda. Incluso el premier Eduardo Arana, visiblemente desorientado, aseguró que no conocía el proyecto: un clásico de este gobierno que ni sabe lo que propone.
Si el país arde en problemas estructurales, ¿por qué el gobierno insiste en dar prioridad a un decreto sobre cuándo y cómo cantar el himno? La respuesta es tan simple como preocupante: gobernar desde la forma cuando el fondo está fuera de control. A falta de soluciones reales, se apela al simbolismo. Y no cualquiera: uno que se puede imponer, fiscalizar y sancionar. Más fácil controlar el volumen del himno que enfrentar a las mafias que extorsionan, a las bandas que minan el territorio o al hambre que golpea a millones.
Lo que suena a defensa del patriotismo, en realidad es un nuevo intento de proyectar autoridad sin ejercerla. Una puesta en escena sonora para ocultar el silencio de un gobierno que no responde a las verdaderas urgencias. Porque mientras se exige a los medios pasar el himno, no se exige al Ejecutivo ni una sola política clara frente al narcotráfico, la delincuencia o el desastre educativo. Cantar el himno no alimenta, no cura, no protege. Solo entretiene. Y eso, al parecer, es lo único que queda.
Reflexión Final
Patriotismo no es obligar a entonar un símbolo. Es garantizar que ese símbolo represente algo digno. El Perú no necesita más decibeles, necesita más decencia. No necesita más horarios para cantar, necesita más voluntad para actuar. Y mientras Dina Boluarte sigue revisando el reloj, esperando que llegue julio de 2026 para soltar por fin el bastón presidencial, el país entero queda atrapado en un karaoke institucional donde los himnos suenan, pero las políticas no se oyen por ningún lado.
