Show de candidatos para la nueva Mesa Directiva del Congreso

Por Edwin Gamboa. Fundador Caja Negra

Cada 28 de julio, mientras se iza la bandera y se entonan himnos, el Congreso del Perú aprovecha el telón de la patria para realizar uno de sus espectáculos favoritos: la elección de su nueva Mesa Directiva. Este año no es la excepción. Las fichas ya se mueven en silencio por los pasillos de mármol, entre cafés, cálculos y promesas que huelen a blindaje anticipado. Lo que debiera ser una oportunidad de renovación institucional, se ha convertido, en cambio, en una tragicomedia nacional: la competencia por quién blindará mejor a quién, quién guardará más secretos y quién se quedará con la silla más acolchada.

Sí, hablamos de la Mesa Directiva, esa criatura mítica que solo aparece una vez al año para prometer gobernabilidad y termina entregando más de lo mismo: inercia, escándalos y convenientes olvidos. ¿Cambiará algo este 26 de julio? Spoiler: no.

En un país donde las encuestas no mienten (y si lo hacen, igual no favorecen), el Congreso ostenta una aprobación ciudadana en caída libre. Pero si aún hay quien dude del nivel de descrédito, basta con revisar la última Encuesta de Gerentes Generales: el 92% de los CEO del país desaprueba la gestión del Congreso. Empresarios, ejecutivos y tomadores de decisiones que, más allá de ideologías, coinciden en algo: el Legislativo es un obstáculo, no una solución.

Y mientras el país se desangra en inseguridad, corrupción y desgobierno, el Parlamento se concentra en su prioridad anual: elegir a su nueva Mesa Directiva. Este año, los voceados son dos: José Jerí, de Somos Perú, y José Cueto, de Honor y Democracia. El primero carga acusaciones de desacato por no cumplir con una terapia judicial ordenada, en medio de una investigación por presunta violación y enriquecimiento ilícito. El segundo, un almirante en retiro, quiere capitanear el Congreso cual buque de guerra, negociando con bancadas conservadoras como si la ética y la transparencia fueran simples anclas ideológicas.

Jerí, además, ha logrado articular una lista que es todo un homenaje al “acuerdo político” entre investigados: César Revilla (Fuerza Popular), Ilich López (Acción Popular) y Waldemar Cerrón (Perú Libre). La bancada del lápiz y el fujimorismo compartiendo mesa sin rubor alguno: la derecha e izquierda unidas por el blindaje, jamás serán vencidas.

Del otro lado, Cueto sigue armando su fórmula con Avanza País y Renovación Popular, apelando a la moral, el orden y el decoro, mientras negocia sillones y cuotas como si estuviera repartiendo medallas al mérito. Aún falta saber a qué precio conseguirán sus consensos.

Y mientras tanto, algunos sectores de izquierda intentan armar una tercera lista, encabezada tal vez por Roberto Sánchez, pero con el mismo horizonte: obtener una tajada de poder antes que promover una reforma real del Parlamento. Porque en esta tómbola, todos quieren jugar, pero nadie se atreve a cambiar el juego.

El 26 de julio no será una elección; será otra coreografía institucional para legitimar lo ilegítimo. Las promesas de “nueva conducción” ya no engañan ni al más crédulo. La Mesa Directiva se ha convertido en un refugio de intereses cruzados, una cofradía que no representa al pueblo sino a sí misma. Las negociaciones no son sobre leyes ni reformas: son sobre quién detiene qué denuncia, quién archiva qué moción, y quién garantiza que los secretos del Congreso no salgan del hemiciclo.

Reflexión final
Mientras tanto, allá afuera, la gente sigue sin agua, sin seguridad, sin salud y sin justicia. Pero en el Congreso, todo está en orden: las bancadas se alinean, los acuerdos se tejen y la institucionalidad se maquilla. Lo más irónico es que quienes elegirán al próximo presidente del Congreso también son los que, si nada cambia, entregarán la banda presidencial en 2026. Así se cierra el círculo perfecto de una democracia que se representa a sí misma, pero ya no representa a nadie.

El Congreso no tiene plan, ni liderazgo, ni credibilidad. Y sin embargo, sigue siendo el corazón de nuestra República. Un corazón que late, sí, pero con arritmia crónica y sin señales de recuperación. ¿Hasta cuándo aguantará el país este pulso enfermo?.

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