Por Edwin Gamboa. Fundador Caja Negra.
La FIFA, en su cruzada por modernizar el fútbol —aunque nadie se lo haya pedido—, vuelve a levantar el telón de su laboratorio de reglas, ese donde Gianni Infantino y sus alquimistas del entretenimiento deciden reinventar el deporte más popular del planeta. Esta vez, el penalti, esa vieja institución del drama futbolero desde 1891, será víctima de la innovación: si fallas, se acabó. Nada de rebotes, nada de segundos intentos, y por supuesto, nada de justicia poética. ¿Y el VAR? También se retoca, porque si vamos a experimentar, mejor hacerlo con todo. Así avanza el show: entre pantallas, algoritmos y decisiones desde salas refrigeradas, el alma del fútbol empieza a parecerse cada vez más a un formulario digital.
Imagínese a un niño en el parque pateando un penalti. Falla, el balón rebota en el palo, y su amigo aprovecha el rebote para anotar. Eso, que en cualquier potrero es parte del juego, pronto podría ser ilegal si el laboratorio de la IFAB —con el visto bueno de Infantino, por supuesto— decide borrar de la historia el drama post-penal. Desde 1891, los penales han sido la escena más tensa del fútbol: ese duelo entre verdugo y salvador. Pero claro, para la FIFA eso no es suficiente espectáculo si no hay eficiencia. Entonces, adiós al caos hermoso del rebote y bienvenidos a la tiranía del “una sola oportunidad”.
Según los voceros de la innovación, la propuesta busca “reequilibrar el poder entre portero y tirador”. Una noble causa, claro, porque en plena era donde los porteros no pueden ni pestañear antes del disparo, lo más lógico sería quitarle también al delantero la posibilidad de corregir. De paso, se evitan las emociones, las segundas oportunidades, los milagros. Porque en esta FIFA modernizada, la narrativa debe fluir como una serie de Netflix: sin margen para el error humano, sin sorpresas, sin alma.
Y si eso no fuera suficiente, el VAR —ese ojo omnipresente que todo lo ve y a veces nada resuelve— también tendrá una nueva dieta. Ahora podrá intervenir en segundas tarjetas amarillas y en córners mal sancionados. Porque claro, el ritmo de juego ya no importa si podemos detenerlo para revisar con precisión quirúrgica si el roce fue con la espinilla o con el alma del jugador. Todo en nombre de la justicia… aunque con justicia, el fútbol siempre fue más injustamente hermoso.
Infantino, por supuesto, mira todo esto desde su trono de lucidez infalible. Con Donald Trump a su lado en las premiaciones, y con un Mundial 2026 en camino donde se juega más para las cámaras que para las tribunas, el presidente de la FIFA parece más obsesionado con dejar huella en los libros de historia que en el césped. Él no quiere administrar un deporte: quiere rediseñarlo, patentarlo y exportarlo como si fuera un producto tecnológico. Y en ese camino, el fútbol se convierte más en un protocolo que en un juego.
Lo que debería ser una celebración de lo espontáneo, lo emocional y lo impredecible, se convierte en una sucesión de decisiones administrativas disfrazadas de progreso. Cambiar los penales y extender el VAR puede sonar razonable en un PowerPoint, pero en la cancha, mata la esencia. Porque el fútbol, señor Infantino, no es un algoritmo perfecto ni un ensayo clínico de justicia deportiva. Es, y siempre será, un caos noble, lleno de errores, milagros y rebotes que deciden títulos y arruinan quinielas.
Reflexión final
Tal vez el próximo paso sea instalar sensores en los botines o medidores de sudor emocional en los árbitros. Quizá el trofeo lo entregue una inteligencia artificial mientras Trump lo tuitea desde la Casa Blanca. Pero mientras más modernicen el fútbol desde sus salas de control, más se alejan de lo que lo hizo eterno. Porque por más reglas que cambien, el fútbol sigue siendo ese deporte que se juega con los pies… y se siente con el corazón. Y en eso, Gianni, el VAR aún no puede intervenir.
