¡Vergüenza Nacional! Huanta agoniza hace seis años sin hospital

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Huanta no está en el mapa político del Perú, solo en las estadísticas del olvido. Allí, en los Andes ayacuchanos, donde la tierra aún guarda memoria del conflicto armado interno, hoy se libra otra batalla: la de sobrevivir sin hospital. Han pasado seis años desde que se colocó la primera piedra del Hospital Daniel Alcides Carrión, y desde entonces, el único progreso ha sido el de las excusas. Seis años de promesas, de desfiles de ministros y gobernadores, de titulares llenos de humo, mientras la vida en Huanta se apaga con la misma resignación con la que se aprende a vivir sin derechos.

Porque en Huanta no se muere de enfermedad: se muere de indiferencia. De la indiferencia del gobierno de Dina Boluarte, del Congreso de la República y del Gobierno Regional de Ayacucho, que observan impasibles cómo más de 80 mil personas sobreviven con una posta médica improvisada en las afueras de la ciudad, sin médicos, sin medicinas, sin oxígeno, sin equipos. Una posta que se sostiene, como todo en el Perú profundo, por la fuerza de los que no se rinden. Pero la fuerza no alcanza cuando la fiebre no cede, cuando el diagnóstico nunca llega, cuando no hay a quién acudir.

Una obra eterna, una salud ausente. La promesa del hospital de Huanta lleva seis años pudriéndose bajo la lluvia. La estructura en construcción no tiene ni un solo ambiente operativo. No hay consultorios, no hay quirófanos, no hay laboratorios. Solo concreto agrietado, columnas desnudas y un letrero que envejece junto al esqueleto del edificio. La Contraloría ha alertado sobre fallas técnicas estructurales, pero después del informe, el silencio. El gobernador Wilfredo Oscorima sigue prometiendo que la obra estará lista “muy pronto”, con un casco blanco que brilla más que su gestión.

Lo más indignante es que el presupuesto para esta promesa sin fin no ha dejado de crecer. El costo inicial del hospital fue de 116 millones de soles. Hoy, en 2025, ya supera los 170 millones. Más de 50 millones adicionales invertidos en columnas que no curan, en techos que filtran lluvia, en promesas que caducan. Y mientras tanto, el pueblo sigue enfermo. O peor: ignorado.

La posta médica —si es que merece tal nombre— ubicada a las afueras de Huanta, no tiene personal médico suficiente, ni medicamentos, ni ambulancias. Si el enfermo tiene algo de dinero, puede intentar trasladarse a Huamanga, Lima o Junín. Si no lo tiene, está condenado a padecer en soledad, a esperar que el dolor ceda o que la muerte llegue rápido. Y nadie lleva la cuenta exacta, porque Huanta no genera estadísticas, solo ausencias.

Las instituciones que miran hacia otro lado. ¿Dónde está la Contraloría ahora?. ¿Dónde está la Defensoría del Pueblo, cuya misión es proteger precisamente a quienes no tienen voz?. ¿Dónde está el Estado cuando no hay camas, cuando no hay médicos, cuando no hay ni un termómetro para un niño con fiebre?. Ausente. Indolente. Incapaz. El Ejecutivo, el Congreso y el Gobierno Regional no son solo indiferentes: son cómplices funcionales del abandono que mata lentamente a Huanta.

Cada día que pasa sin hospital es una afrenta ética. No se trata solo de una obra inconclusa. Se trata de una política pública criminalmente ausente. De una sociedad que parece haber naturalizado la idea de que algunos peruanos tienen menos valor que otros. Que si te enfermas en Huanta, mala suerte. Aquí la salud no es derecho, es ruleta rusa.

Y mientras tanto, los responsables políticos están demasiado ocupados en blindajes, campañas, joyas, relojes y discursos vacíos. La salud pública solo aparece cuando hay cámaras. Pero en Huanta no hay cámaras. Solo hay dolor.

No es solo una infraestructura; es la dignidad perdida. La historia de Huanta no puede seguir siendo escrita por el abandono. En los años 80 y 90, fue uno de los territorios más golpeados por la violencia. Hoy es víctima de otra violencia: la del desprecio estructural. Y no hay estadísticas porque no hay Estado. No hay cifras porque no hay quien las recoja. No hay justicia porque no hay quien la exija.

Huanta necesita mucho más que un hospital. Necesita una reparación moral. Necesita que el país reconozca su deuda. Porque no hay justicia posible si los muertos no importan. Y no hay democracia real si el Estado decide, con su pasividad, quién tiene derecho a vivir.

Reflexión: Huanta pide algo más que salud, pide humanidad
Hoy, Huanta no espera ya a sus gobernantes. Les perdió la fe. Solo le queda clamar. Y lo hace, aunque nadie escuche. Clama a la Defensoría del Pueblo, a los organismos internacionales de derechos humanos, a las entidades de cooperación sanitaria del mundo. Porque si el Estado peruano ha decidido que Huanta no existe, que al menos lo hagan otros. Que al menos alguien se atreva a mirar hacia esta ciudad andina donde enfermarse es un acto de riesgo.

Las madres de Huanta siguen bajando de los caseríos con sus hijos enfermos en brazos, sin saber si encontrarán atención o solo indiferencia. Los ancianos siguen muriendo en casa, sin diagnóstico, sin alivio, sin registro. Los jóvenes ya no sueñan con médicos ni con futuro. Solo esperan no enfermarse.

Y frente a todo esto, frente a esta inmensa tragedia silenciada, el gobierno de Dina Boluarte permanece en su burbuja de poder efímero, el Congreso es ineficiente, y el Gobierno Regional es infructuoso. Ninguno es solidario. Ninguno actúa.

Por eso hoy, desde esta columna, elevamos el grito de Huanta. Un grito que no pide caridad, sino justicia. Un grito que no exige milagros, sino lo mínimo: una atención médica digna. Un hospital que funcione. Una vida que valga.

Porque si el Perú sigue permitiendo que sus pueblos mueran sin ser contados, sin ser llorados, sin ser defendidos, entonces no somos una nación. Somos solo una ficción peligrosa, incapaz de proteger lo más sagrado: la vida.

Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

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