Prepárense para el Mundial más aséptico, vigilado y desalmado de la historia. En 2026, el fútbol no se jugará, se administrará. El balón no rodará libremente, cruzará fronteras sólo con visa y bajo el permiso de autoridades migratorias. Y el hincha no alentará, sino que hará cola en la embajada. Gianni Infantino, desesperado tras el estrepitoso fracaso del Mundial de Clubes en Estados Unidos, se ha lanzado a un frenesí de “soluciones” que revelan lo que realmente le importa: cifras, socios comerciales, techos con aire acondicionado y… nada más. Porque el alma del fútbol no se mide en planillas Excel.
Infantino está nervioso. Y con razón. El Mundial de Clubes fue un bochorno. Estadios vacíos, entradas regaladas, cemento visible en cada toma. El país que supuestamente lideraría el futuro del fútbol dejó claro lo que ya sabíamos: en Estados Unidos el fútbol no importa. Punto.
Y como todo gerente en crisis, Infantino reacciona con lo que mejor sabe hacer: parchear, improvisar, mentir. Ahora se apresura a anunciar que el Mundial 2026 tendrá entradas a la venta con un año de anticipación, estadios con techos, pausas de hidratación, entretiempos alargados y, si le dan tiempo, hasta shows de medio tiempo con fuegos artificiales y TikTokers.
Pero el problema no es el calor. El problema es que la FIFA eligió un país sin pasión, con restricciones migratorias absurdas y una cultura que consume el fútbol como quien ve una final de cocina gourmet. Un público que cambia de canal si no hay touchdowns. Y que ve a Messi como celebridad, no como leyenda.
Y por si fuera poco, la pesadilla logística para los hinchas del mundo ya está en marcha. ¿Quieres ir al Mundial?. Saca tu visa, reza para no estar en una lista negra, compra entradas antes de saber si tu país clasificará, y sométete a las leyes estadounidenses que podrían impedir que ciertas selecciones jueguen en suelo gringo. ¿Eres de un país que no agrada al Tío Sam?. Tranquilo, te mandan a Canadá o México. El fútbol como rehén de la política exterior.
Y ahí está el verdadero crimen: la FIFA ha entregado el control del deporte más popular del planeta a los caprichos de un sistema que no lo comprende ni lo quiere. Mientras los jugadores se cocinan bajo 40°C en el Mundial de Clubes, Infantino sonríe hablando de innovación. Y mientras FIFPro alza la voz por la salud física y mental de los futbolistas, la FIFA responde que todo está bien, que hay protocolos, que habrá aire acondicionado.
¿Y el fútbol?. Callado. Silenciado. Censurado por el miedo al negocio. El Mundial 2026 no será una fiesta del fútbol. Será un congreso empresarial con camisetas. Un evento hecho para socios comerciales, no para hinchas. Donde la entrada se compra con pasaporte privilegiado y la emoción se reemplaza con pantallas LED. Infantino no está construyendo el futuro del fútbol. Lo está vendiendo, fragmentando, ahogando en burocracia y cemento.
Reflexión final
El fútbol no es un producto de lujo, ni un desfile publicitario. Es un latido global. Pero en 2026, ese latido será filtrado por la embajada, domesticado por el calor y vigilado por drones. Si esto es el futuro, entonces ya no es fútbol. Es solo otro negocio más… sin alma, sin hinchas, sin sentido.
Y eso, señor Infantino, no se resuelve con estadios techados ni con estadísticas maquilladas. Se resuelve devolviéndole el fútbol al pueblo. Pero para eso se necesita algo que usted perdió hace mucho: pasión y vergüenza.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
