Cada 28 de julio, los peruanos hacemos algo que debería ser un acto cívico: escuchar a la presidenta. Este año, sin embargo, fue un acto de resistencia emocional. Dina Boluarte, con la impopularidad planetaria a cuestas, se dirigió al país durante más de cuatro horas, batiendo un récord mundial de palabrería sin propósito. El resultado fue un mensaje de la Nación que no ilusiona, no orienta, no reconcilia, y lo que es peor, no dice nada. Si el Perú esperaba respuestas, recibió más bien un manifiesto burocrático sobre cómo sobrevivir en piloto automático… mientras el avión nacional se precipita en caída libre.
Boluarte no solo es la mandataria más impopular del planeta, con apenas 3% de aprobación. También es ahora la autora del discurso presidencial más largo del continente, una proeza de resistencia oral que dejó exhausto hasta al teleprompter. Y si eso no bastara, ostenta otro récord silencioso: la gestión con más escándalos y menos planes por minuto.
Durante cuatro eternas horas, no hubo un solo plan concreto frente a la inseguridad que azota a emprendedores, transportistas, bodegueros y profesores amenazados por extorsionadores. Plata o plomo, Dina o caos. Esa parece ser la disyuntiva diaria de millones de peruanos. ¿Algún plan contra las mafias?. ¿Contra el sicariato?. ¿Contra las bandas que gobiernan ciudades enteras?. Nada. Silencio con eco.
¿Y la minería ilegal, que jaquea al Estado desde el sur profundo hasta Madre de Dios?. Tampoco mereció más que frases recicladas. ¿La salud pública?. Seguimos con hospitales que se caen literalmente a pedazos. ¿Educación?. Un drama con escuelas sin techo y docentes abandonados. ¿Anemia infantil?. Avanza. ¿Corrupción?. Blindada.
Y entre medio de ese desastre, la presidenta lanza frases como si fueran perlas: «Vamos avanzando», «Estamos comprometidos», «Este gobierno es democrático». Un guion de autoayuda para un país en terapia intensiva.
Si algo demostró este mensaje es que el Perú no tiene timón, ni brújula, ni quien escuche al copiloto. El Ejecutivo se limita a administrar la sobrevivencia; el Congreso a blindarse; los partidos a lanzarse candidaturas; y el crimen organizado, mientras tanto, administra el territorio con más eficacia que el Estado.
Boluarte tuvo la oportunidad histórica de reencaminar su presidencia. Pudo haber presentado un plan, reconocer errores, asumir la realidad y delinear salidas. Pero eligió el delirio narrativo. Cuatro horas para no decir absolutamente nada. Un récord de la desvergüenza que merece medalla… de plomo.
Reflexión final
Este no es solo un gobierno en crisis. Es la institucionalización del vacío. Dina Boluarte es la mujer de los récords que ningún país quiere batir: la más impopular, la más desconectada, la más escandalosa… y ahora, la más insoportable en duración discursiva. Mientras ella habla, el país se desangra. Mientras ella sobrevive políticamente, los ciudadanos mueren por extorsión, por desnutrición, por abandono.
Si no hay planes, que haya humildad. Si no hay gestión, que haya renuncia. Si no hay esperanza, que al menos no se la mate a discursos. Porque si en algún lugar del planeta hay una presidenta más ajena a su pueblo, aún no la conocemos. Y el Perú ya no tiene tiempo para seguir batiendo récords de fracaso.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
