El deporte, esa palabra mágica que todos pronuncian pero que pocos comprenden. En su Mensaje a la Nación, Dina Boluarte intentó apropiarse de la épica deportiva con el anuncio de Lima 2027, un programa diseñado —según ella— para posicionar al Perú como potencia continental. Pero lo que en papel suena a epopeya, en la práctica se revela como otro acto de utilería política, de esos que buscan titulares fáciles mientras el sistema deportivo nacional se desangra sin atención, sin rumbo y sin respeto.
Porque no, señora presidenta: el deporte no se construye con discursos de ocasión ni con promesas en cadena nacional. El deporte es un ecosistema que necesita visión, estructura, estrategia, inversión real y, sobre todo, voluntad política. Y eso es precisamente lo que usted y su gabinete no tienen.
La presidenta anunció con entusiasmo que más de 130 deportistas y paradeportistas serán beneficiarios de un programa “meritocrático” que los preparará para los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos Lima 2027. ¿Y los miles de deportistas que no entran en ese reducido padrón? ¿Y los que entrenan en canchas de tierra, sin entrenador, sin fisioterapia, sin apoyo nutricional ni psicológico? ¿Acaso sus sueños son menos válidos porque no están en la élite? ¿Acaso solo los que “ya tienen proyección” merecen apoyo?.
La verdadera tragedia del deporte peruano es que está colapsado desde la base, no desde la cúspide. Un sistema deportivo sin planificación nacional, sin infraestructura moderna, sin federaciones transparentes, sin presupuesto suficiente y sin una cultura de formación sostenida. Lo que tenemos es una pirámide invertida: dinero para unos pocos, abandono para la mayoría.
El legado de Lima 2019, que tanto se cacarea, fue administrado con desidia. Escenarios que debieron formar a futuras generaciones se convirtieron en elefantes blancos o espacios de alquiler para influencers. El Proyecto Legado fue liquidado como quien borra un archivo incómodo, y ahora, con absoluta frescura, se nos presenta Lima 2027 como la gran solución… como si no hubiéramos visto ya esta película.
Lo más grave es que el Estado no tiene ni idea de lo que significa gestionar el deporte en el siglo XXI. Ni visión, ni misión, ni objetivos. Todo está hecho al ojo, al apuro, con más asesoría en imagen que en política pública. ¿Dónde está el plan nacional del deporte? ¿Dónde está la articulación con el sistema educativo? ¿Dónde está el mapa de infraestructura priorizada? ¿Dónde están los fondos concursables para regiones? La respuesta es simple: no existen.
Y mientras tanto, Boluarte politiza el deporte sin pudor, con anuncios grandilocuentes que solo buscan levantar su alicaída popularidad. Habla de inclusión cuando ni siquiera entiende la exclusión que viven los deportistas día a día. Habla de orgullo nacional cuando ignora que miles de atletas compiten gracias a colectas, rifas y campañas por redes sociales. Habla de medallas, pero no ha tenido el mínimo decoro de escuchar a quienes hacen deporte con hambre.
Lima 2027 no es un programa deportivo, es un programa publicitario. Un intento desesperado de maquillar una gestión sin norte, apelando al único relato que aún puede conmover al ciudadano común: el sacrificio del atleta. Pero incluso ese relato se ha agotado. Porque ya no basta con mostrar lágrimas en el podio, necesitamos un sistema que evite que el 99% de los deportistas abandonen sus carreras antes siquiera de llegar a una final nacional.
El deporte no puede seguir siendo un botín para campañas, ni una postal para distraer de los problemas estructurales. Se necesita una refundación completa del modelo deportivo peruano, desde su institucionalidad hasta sus valores. Y esa oportunidad, histórica por cierto, se perdió. Se dejó pasar porque los asesores de la presidenta entienden más de slogans que de política pública, y porque Dina Boluarte no tiene la más mínima noción de lo que el deporte representa en términos de desarrollo social, salud pública, educación y construcción de ciudadanía.
Reflexión final
Mientras miles de niños y jóvenes con talento siguen esperando una oportunidad real para competir, para formarse, para soñar, el gobierno decide apostar por 130 nombres. Mientras los clubes de barrio colapsan, las ligas distritales agonizan y los institutos deportivos no tienen ni pelotas ni energía eléctrica, el Ejecutivo se abraza a un proyecto mediático que no reforma nada, que no transforma nada, que no proyecta nada.
No, presidenta Boluarte: usted no está lanzando un programa deportivo. Usted está utilizando al deporte como pantalla. Y eso, además de ineficaz, es profundamente inmoral. Porque jugar con los sueños ajenos no solo es falta de ética: es el peor tipo de traición.
El deporte no es una campaña. Es un derecho. Y ustedes lo están enterrando bajo promesas huecas y podios vacíos.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
