En el Perú de 2025, donde las cifras de homicidios, extorsiones y desempleo se disparan sin control, donde el transporte colapsa, la salud se deteriora y la delincuencia toma por asalto mercados, calles y avenidas, hay algo que sí avanza a paso firme y sin titubeos: el sueldo presidencial. Mientras el país entero lucha por llegar a fin de mes, la presidenta Dina Boluarte ha logrado lo que muchos apenas sueñan: subirse el sueldo en más del 100 %, pasando de S/15.600 a S/35.568 mensuales. Eso sí, con autorización del Ministerio de Economía y Finanzas, porque hasta el absurdo tiene firma y sello oficial.
El problema no es solo el monto. Es el momento. Es el descaro. Es la falta total de empatía y de lectura de país. Porque este aumento se dio mientras más del 90 % de los peruanos —según CPI— lo rechaza de forma tajante, y mientras el 98 % del país considera que la presidenta es incapaz o muy incapaz para gobernar, según la misma encuesta. ¿Y qué se hizo ante semejante rechazo?. Nada. Silencio de oro.
En cualquier democracia mínimamente saludable, un gobernante con estos niveles de desaprobación se iría por la puerta de atrás. Aquí, no solo se queda: se autopremia. Y lo hace con el cinismo burocrático del que se cree impune. Según la encuesta de CPI difundida por RPP Noticias, el rechazo alcanza niveles nunca vistos: en la costa sur, que abarca Ica, Arequipa, Moquegua y Tacna, el 100 % de los encuestados se mostró en contra del aumento. Sí, leyó bien: 100 %. No hay un solo votante feliz. Ni uno. Pero la presidenta sigue como si nada, blindada en su burbuja palaciega.
La pregunta cae de madura: ¿qué ha hecho Dina Boluarte para merecer semejante aumento? Porque si nos guiamos por resultados, lidera uno de los gobiernos más impopulares del planeta, con cifras que ya son caso de estudio internacional.
Y mientras tanto, el país cae en picada. La criminalidad campea, las bandas de extorsionadores cobran cupos de hasta S/10 millones mensuales solo en el sector transporte, según la Cámara Internacional de Transporte. Más de 100 mil jóvenes han perdido su empleo en lo que va del año, según el INEI. La salud pública está colapsada. Los docentes reclaman mejoras salariales. Los agricultores subsisten como pueden. ¿Y el gobierno?. En piloto automático.
Pero eso sí: el incremento de sueldo fue tramitado con una diligencia que ya quisiéramos para los hospitales, las universidades públicas o los planes de seguridad ciudadana. Todo bajo la autorización del MEF, cuyo titular, Raúl Pérez Reyes, parece más comprometido con la estabilidad económica de Palacio que con la del país.
El aumento de sueldo no es un error técnico ni una decisión aislada. Es un símbolo. Es la evidencia más clara del divorcio total entre el poder y el pueblo. Mientras millones de peruanos ajustan el cinturón, la presidenta lo afloja. Mientras el pueblo resiste con lo justo, la élite gubernamental se premia sin pudor. La democracia, en vez de acercar al ciudadano con su Estado, los enfrenta. Hoy, más que nunca, la distancia entre Palacio de Gobierno y el resto del Perú se mide en soles. Treinta y cinco mil, para ser exactos.
Reflexión final
Decían que la política era el arte de lo posible. En el Perú de hoy, parece más bien el arte de lo imposible: gobernar sin pueblo, aumentar sueldos sin vergüenza y sobrevivir políticamente sin apoyo alguno. Con 0 % de aprobación en algunas regiones, con 98 % de rechazo nacional, con un país sumido en violencia y precariedad, Dina Boluarte sigue firme en su trono de papel, soñando con discursos, fajines y desfiles, mientras el Perú se desangra por dentro.
Y aún así, el mensaje a la nación llegará. Quizás con promesas, tal vez con amenazas. Quién sabe. Pero lo que está claro es que este 28 de julio no celebraremos la independencia. Solo nos recordaremos, una vez más, cuán dependientes seguimos de una clase política que no sabe gobernar… pero sí sabe cobrarse.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
