El fútbol y los conflictos bélicos: ¿Irán jugará en el Mundial 2026?

Decían que el fútbol era la patria sin pasaporte. Que el Mundial era el único lugar donde razas, credos, ideologías y geografías se fundían en un solo grito. Que la pelota no se mancha. Pero el 2026 nos va a demostrar lo contrario: la pelota también debe hacer cola, presentar visa, pasar por el detector de metales y ser bendecida por la política exterior de los Estados Unidos. Porque este no será un Mundial cualquiera: será el primero en la historia en el que no todos podrán entrar, aun estando clasificados.

Y como símbolo de esta tragedia diplomático-deportiva, ahí está Irán. Con su boleto a la Copa del Mundo, pero con la entrada bloqueada. Una selección entera clasificada… y al mismo tiempo vetada.

El fútbol, nos dijeron, era capaz de abrir puertas incluso donde la diplomacia fallaba. Pero con el Mundial 2026 organizado en suelo estadounidense —bajo las sombras de las políticas migratorias de Donald Trump— eso ha dejado de ser cierto. Irán, uno de los equipos ya clasificados, enfrenta la paradoja más absurda: tiene el derecho deportivo, pero no el permiso migratorio. Y lo que debería ser una anécdota ridícula, es en realidad el síntoma de una enfermedad profunda: la sumisión total del deporte rey a los caprichos del poder político.

¿La solución de la FIFA?. Un vergonzoso malabar. En vez de exigir igualdad de trato, defender su torneo y garantizar condiciones para todos los participantes, la organización que preside Gianni Infantino baraja la posibilidad de ubicar todos los partidos de Irán en México, como si fuera una especie de “cuarentena diplomática”. Una selección clasificada, pero tratada como intrusa. Aislada no por el reglamento, sino por la geopolítica.

Porque claro, si Irán avanza más allá de octavos de final —y el destino dicta que deba jugar en Dallas, Miami o Nueva York— el escándalo se haría imposible de esconder. ¿Qué hará la FIFA entonces? ¿Solicitar una excepción migratoria? ¿Pedirle permiso al Departamento de Estado para que el balón pueda rodar?

Y todo esto ocurre mientras Infantino sonríe en conferencias de prensa, habla de «inclusión» y presume cifras récord de boletos vendidos… a pesar de que la mitad de los asientos del Mundial de Clubes 2025 estuvieron vacíos o regalados. La hipocresía alcanza su punto máximo: el fútbol convertido en espectáculo corporativo, la FIFA en agencia de turismo VIP y la Copa del Mundo en un evento condicionado por intereses ajenos al juego.

Nadie en FIFA ha emitido un pronunciamiento firme sobre este tema. Ni siquiera una línea para defender a la selección iraní, ni una posición para proteger el espíritu deportivo del torneo. Porque para Infantino, como ya lo ha demostrado en su coqueteo constante con gobiernos autoritarios, los derechos humanos y la justicia deportiva valen menos que una campaña de relaciones públicas bien embalada.

¿Y si no fuera solo Irán? ¿Qué pasaría si otro país vetado por las sanciones de EE.UU. —como Siria, Venezuela o Corea del Norte— logra la hazaña y se clasifica? ¿Tendremos un Mundial con fixture geopolítico, con sedes ajustadas según el mapa diplomático de la OTAN? ¿Permitirá FIFA que los dictados migratorios decidan quién puede soñar con la Copa y quién no?

El Mundial 2026 debió ser un emblema del nuevo orden futbolístico: más naciones, más diversidad, más inclusión. Pero el mensaje que se está enviando al mundo es otro: «puedes clasificar, pero solo juegas si a Washington le caes bien». Y eso no es fútbol, es apartheid diplomático.

Lo más indignante es que esto se normalice. Que los medios lo llamen “reto logístico”, que los directivos eviten el tema y que los hinchas del mundo aún crean que esta Copa será “la más grande de la historia”. Será grande, sí… en presupuesto, en pantallas, en pirotecnia. Pero chiquita, muy chiquita, en coraje, en principios y en humanidad.

La pelota, que antes cruzaba trincheras y fronteras, hoy necesita autorización. El espíritu universal del Mundial ha sido reemplazado por la lógica del pasaporte, del veto, del “quién puede y quién no”. Y mientras Infantino guarda silencio, más preocupado por cerrar negocios que por abrir estadios, los fanáticos del mundo debemos entender que el mayor enemigo del fútbol ya no es el VAR, ni los petrodólares: es la cobardía institucional frente al poder político.

Irán será el primero, pero no será el último. Porque si hoy vetan a un país por razones migratorias, mañana podrían vetar a otro por hablar demasiado, por protestar, por no rendir pleitesía al mercado. Y así, partido tras partido, el Mundial se transformará en un espectáculo a medida de los poderosos… mientras la pasión del pueblo queda en la fila de migraciones.

En el Mundial 2026, el gol más difícil no será en la cancha. Será entrar al país.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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