“La política es el cementerio de las ilusiones”. Una frase anónima, pero que en el Perú tiene dirección exacta, código postal y rostro visible. No la dijo Dina Boluarte, pero la podría bordar en su banda presidencial. No la proclamó el Congreso, pero la imprime —implícitamente— en cada proyecto que archiva y cada ley que aprueba para sí mismo. Porque si algo hemos perfeccionado en este país, es el arte de sepultar esperanzas con eficiencia institucional. Aquí, la política no decepciona: directamente entierra. Y no cualquier entierro: uno con banda sonora de promesas rotas, flores de plástico y discursos que duran más que los ideales.
En este cementerio, el ingreso es libre, pero la salida cuesta. Las ilusiones hacen cola desde campaña: se forman ordenadas, vestidas de “cambio”, “nueva Constitución”, “inclusión social”, “lucha contra la corrupción”. Y apenas cruzan el umbral del poder, suenan las campanas del sepelio. El pueblo mira desde la reja, flores en mano, mientras los elegidos lanzan paladas de realpolitik sobre cada promesa.
Dina Boluarte, por ejemplo, no necesitó una retroexcavadora: con apenas un año en el cargo ha logrado lo que otros no en cinco. Tomó el poder envuelta en símbolos: mujer, provinciana, independiente. Pero bastaron semanas para convertir esa simbología en estatua. Rígida, muda y desconectada. La ilusión de una presidenta sensible se fue con los muertos de las protestas. La ilusión de un gobierno del pueblo se enterró con cada blindaje a sus socios parlamentarios. Y la ilusión de justicia… bueno, esa no llegó ni al velorio.
El Congreso, por su parte, no es solo un cementerio. Es la funeraria, la morgue, la lápida, el féretro y el orador fúnebre. Allí se sepultan reformas antes de nacer, se momifican derechos y se embalsama la ética. Cada comisión es una cripta. Cada bancada, un grupo de excavadores. Aprueban leyes como quien clava clavos en un ataúd: con precisión, apuro y sin mirar atrás. Y mientras tanto, el país envejece esperando que alguna ilusión logre sobrevivir más allá del segundo debate.
Pero no seamos injustos: esta no es una tragedia exclusiva del Perú. En casi todo el mundo, la política huele a formol. Las promesas se oxidan, los ideales se diluyen y las utopías terminan en informes PDF que nadie lee. La diferencia es que aquí la necropolítica es más explícita. No se disfraza de modernidad ni se maquilla con eficiencia. Aquí se mata la ilusión en vivo, con transmisión parlamentaria, tuit institucional y titulares que hablan de “gobernabilidad” mientras el pueblo cava su propia fosa de resignación.
En este camposanto no solo yacen las promesas. También descansan la meritocracia, la transparencia, la dignidad del servicio público. Se enterraron junto con cada denuncia archivada, cada periodista perseguido, cada norma aprobada sin debate. La democracia se visita en efemérides, se menciona en discursos, pero vive en estado vegetativo. Y el sistema político —ese que debía hacerla florecer— la mantiene conectada a un respirador retórico.
“La política es el cementerio de las ilusiones”, sí. Pero no porque el poder sea intrínsecamente corrupto, ni porque gobernar implique necesariamente defraudar. Lo es porque, en países como el nuestro, el poder se ha vuelto un privilegio hereditario entre facciones que se turnan la pala. Aquí no se gobierna: se administra el cementerio. Se decide qué enterrar, a qué velocidad, y con qué excusa mediática. El pueblo pone las lágrimas; ellos, el epitafio.
Reflexión final
Tal vez ha llegado la hora de dejar de llevar flores a este cementerio político. Dejar de resignarnos al mausoleo de la democracia aparente. De recuperar las ilusiones, no como esperanza ingenua, sino como ejercicio crítico, organizado, vigilante. Porque si no exigimos que las ilusiones vivan, los sepultureros de siempre seguirán firmando certificados de defunción en nombre del “realismo político”. Y nosotros, en vez de ciudadanos, seguiremos siendo dolientes.
Pero cuidado: hasta los cementerios tienen días de revuelta. Y hay ilusiones que, cuando despiertan, se niegan a volver a morir.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
