Boluarte y sus 97 páginas de humo: El arte de gobernar sin decir nada

Si algo nos quedó claro tras las cuatro eternas horas del último mensaje presidencial, es que Dina Boluarte no gobierna: declama. Y lo hace mal. Con un país secuestrado por extorsionadores, la minería ilegal saqueando como en campo libre, hospitales colapsados y escuelas que se caen a pedazos, la presidenta eligió celebrar Fiestas Patrias con un discurso desconectado, inflado de cifras y vacío de humanidad. 97 páginas de promesas fantasmas, 12 omitidas —curiosamente las únicas que planteaban acciones— y una certeza: el Perú no tiene timón ni timonel. Solo una tripulación celebrando el naufragio.

Boluarte tuvo la oportunidad histórica de pedir perdón, de presentar un plan, de mirar a los ojos a los peruanos y admitir que el Estado ha perdido el control del territorio. Pero no. Prefirió leer como funcionaria que desconoce al país que preside, en un tono entre la arrogancia y el autoengaño, adjudicándose logros ajenos, vendiendo humo con cifras imposibles y echando culpas como quien lanza ceniza para no ver los escombros.

Mientras las familias entierran a sus muertos víctimas del sicariato, ella dice que la Policía ha desarticulado más de 13 mil bandas criminales. ¿Dónde están esas bandas?. ¿Se evaporaron?. ¿O es que ahora se hacen llamar partidos políticos y tienen curul?. Mientras los mineros ilegales imponen su ley a punta de dinamita y fusil, Boluarte habla de “tolerancia cero” sin tocar ni con una coma el Reinfo, esa licencia para delinquir con escudo del Estado. ¿Y salud?. ¿Y educación?. Palabras sueltas, sin plan, sin cronograma, sin vergüenza.

Lo más insultante fue lo que no leyó: las 12 páginas finales que detallaban lo poco concreto que había. ¿Se cansó?. ¿Se aburrió de sí misma?. ¿Le parecieron demasiado honestas?. Esas páginas hablaban de hospitales, cárceles, aviones y promesas recicladas del año anterior. Si hasta para leer el discurso oficial faltó voluntad, ¿qué podemos esperar en la acción real?.

Y como si no bastara con la incompetencia, Boluarte se presentó como víctima de una conspiración: los Rolex fueron “prestados”, las cirugías “íntimas”, los regalos “inofensivos”. Todo es culpa de Castillo, de los comunistas, de los fiscales, de los medios, de la “agenda oculta”. Nada es su culpa. Ni el desgobierno, ni la sangre en las calles, ni los hospitales sin gasas ni las escuelas sin techos. Nada.

Y claro, cerró su epopeya con vítores a las Fuerzas Armadas, a los “logros económicos” —léase estabilidad gracias al BCR, no a Palacio— y con la portátil aplaudiendo por encargo, mientras el hemiciclo se vaciaba y el país entero apagaba la televisión con la misma pregunta en la cabeza: ¿Cómo llegamos a esto?.

El mensaje de Dina Boluarte no fue una rendición de cuentas: fue una provocación. Fue el arte de fingir gobernar mientras se permite que el país se hunda. Fue un acto de autoparodia política que confirma lo que las encuestas ya gritan: más del 98% de peruanos no cree en su capacidad de gestión. No es oposición, no es prensa crítica, no es paranoia: es un país entero que no le cree, que no la sigue, que no la soporta. Y ella, en vez de tomar nota, canta victoria en su propio funeral político.

Reflexión final
Lo que vimos el 28 de julio no fue un mensaje a la nación: fue un epitafio leído en tiempo real. Un gobierno que niega la realidad no puede corregirla. Una presidenta que se siente heroína mientras el país se incendia, es parte del incendio. Nos queda un año más de discursos sin nación, de planes sin plan, de cifras sin pueblo. El único plan visible es la permanencia. Lo único firme, la impunidad. Y lo único que crece sin freno… es la distancia entre el Perú real y el Perú de Dina Boluarte.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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