Dina Boluarte vuelve a atribuirse logros de Julio Velarde

El Perú atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia republicana. A la delincuencia desbordada, el colapso sanitario, el abandono educativo, la minería ilegal y la corrupción institucionalizada se suma un ingrediente ya no anecdótico sino estructural: la absoluta incapacidad del Gobierno para ofrecer liderazgo, dirección o al menos un mínimo de vergüenza. En su último Mensaje a la Nación, Dina Boluarte no solo desperdició una oportunidad histórica para enmendar el rumbo, sino que volvió a ejecutar su ya clásica maniobra de humo: apropiarse de logros que no le corresponden. Esta vez, con una audacia casi escénica, se colgó de los éxitos del Banco Central de Reserva del Perú como si fueran obra directa de su administración. El problema no es solo ético o protocolar. Es profundamente político. Porque mientras presume lo ajeno, el país se le deshace entre las manos.

La presidenta habló durante más de cuatro horas, marcando un récord tan innecesario como sintomático: mucho tiempo, poco contenido. Su discurso fue una maratón de lugares comunes, promesas recicladas y cifras seleccionadas con precisión quirúrgica para intentar construir una realidad paralela que nadie vive, nadie ve y nadie cree. En esa ficción elaborada a punta de papeles y aplausos forzados, Boluarte celebró la caída de la inflación, el fortalecimiento del sol y el crecimiento de las reservas internacionales. Lo dijo sin rubor, como si el Banco Central de Reserva del Perú fuera parte de su gabinete. Como si Julio Velarde, presidente del BCRP desde hace más de una década, le rindiera cuentas. Como si el respeto a la autonomía de las instituciones fuera un detalle prescindible frente a su desesperado intento de colgarse alguna medalla, la que sea, antes de que termine la función.

Pero la realidad es otra. La estabilidad monetaria y el control de la inflación en el Perú son producto de una entidad autónoma por mandato constitucional. El BCRP tiene objetivos, herramientas y técnicas que no dependen ni de la voluntad presidencial ni de los vaivenes del poder político. Es, justamente, una de las pocas instituciones que ha mantenido un nivel técnico y profesional por encima del pantano político. Por eso mismo, que Boluarte se apropie de sus resultados no es solo un gesto de desinformación, sino una demostración brutal de que su gobierno carece de logros propios, de políticas públicas efectivas, de resultados que mostrar con propiedad. En resumen, su gestión es tan estéril que necesita disfrazarse con los éxitos ajenos.

Y mientras la presidenta se emociona con las cifras del BCRP, el país real sangra por cada rincón. Las extorsiones han convertido al Perú en una sucursal del crimen organizado. Los colegios se caen a pedazos, los hospitales carecen de insumos básicos, el narcotráfico avanza con total impunidad y la tala ilegal arrasa los bosques sin resistencia. No hay un solo plan estructurado, ni hoja de ruta clara, ni política de mitigación frente al colapso de seguridad o el abandono social. Solo hay discursos. Discursos interminables. Discursos vacíos.

La presidenta no asumió errores, no pidió perdón, no se refirió a los escándalos que sacuden su gestión. No habló del país que sí existe, del que todos habitan. Solo proyectó una fantasía de estabilidad construida sobre los hombros de quienes sí hacen su trabajo desde la técnica, no desde el aplauso.

Dina Boluarte tuvo una oportunidad irrepetible para recomponer su vínculo con el país, para reconocer que algo no va bien y para delinear medidas urgentes frente al desgobierno que vivimos. Eligió el camino contrario. Prefirió atribuirse logros ajenos, negar la crisis estructural y seguir apostando por un relato que no convence a nadie. Su desconexión con la realidad no es solo peligrosa: es profundamente ofensiva para un país que grita auxilio.

Reflexión final
Gobernar no es una función de relaciones públicas. No es leer cifras sin contexto, ni disfrazar omisiones con tecnicismos. Gobernar es enfrentar la realidad, dar la cara, asumir errores, tomar decisiones valientes. Dina Boluarte parece no entenderlo. Pero el Perú no puede seguir esperando. Porque mientras ella habla de inflación, el pueblo habla de miedo. Mientras presume estabilidad, las regiones cuentan muertos. Mientras celebra cifras que no le pertenecen, el país se cae. Y si este gobierno no es capaz de cambiar esa lógica, entonces debe tener la decencia de no apropiarse de lo poco que aún funciona.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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