Jesús Yangali, fichó por Gimnasia y Esgrima, tiene raíces peruanas

En el Perú, la planificación deportiva no comienza en las canteras, ni en las escuelas, ni en un plan nacional de formación. Comienza en los registros civiles del extranjero. Apenas un futbolista firma contrato en una liga decente —sobre todo si lo hace en Europa o en Argentina—, la maquinaria del “orgullo ancestral” se pone en marcha. No importa si nunca pisó Lima, si no distingue una cancha sintética de una de tierra, o si su castellano incluye más “che” que “causa”: si su abuelita alguna vez escuchó una marinera en la radio, ya es convocable. Bienvenidos a la era del genealogical scouting, nuestro nuevo deporte nacional.

El más reciente episodio de esta tragicomedia lo protagoniza Juan Jesús Yangali, mediocampista zurdo de 25 años, nacido en Argentina y fichado por el histórico Gimnasia y Esgrima de La Plata. Nadie lo conocía, nadie lo seguía, pero apenas estampó su firma en la Primera División argentina, ¡pum!: automáticamente fue ascendido al Olimpo de la “sangre incaica olvidada”. La Federación, previsiblemente, ya estará enviando emisarios con partidas de nacimiento, pruebas de ADN y cámaras GoPro, no vaya a ser que se nos escape otro “Lapadula de La Plata”.

Pero seamos honestos: el problema no es Yangali. El problema es que no hay un plan integral de fútbol peruano que funcione. No existe detección temprana de talentos. No hay ligas formativas estables. No hay trabajo serio en escuelas ni una política deportiva que trascienda. En lugar de eso, nos hemos vuelto expertos en importar orgullo a través de parientes lejanos.

¿El colmo?. Que esto ya no se limita a varones. El caso Olivia Smith lo ilustra con perfección dolorosa. Mientras ella firma con el Arsenal y bate récords como la jugadora más cara del fútbol femenino, en Perú celebramos porque su abuela materna nació por aquí. Y así, sin que nadie entienda cómo ni por qué, una canadiense con pasaporte FIFA se convierte en un “logro” peruano. Y claro, los medios, felices, lanzan su pregunta favorita: “¿Y si la convocamos?”.

¿Convocarla a qué?. ¿A entrenar en canchas sin césped?. ¿A ligas suspendidas por falta de presupuesto?. ¿A un sistema sin fisioterapeutas, sin psicólogos deportivos, sin seguimiento profesional?. Olivia Smith es una anomalía que debería provocar indignación, no júbilo. Porque si hubiera nacido en el Perú, probablemente estaría vendiendo rifas para comprarse chimpunes. No estaría en Londres, sino intentando sobrevivir a la indiferencia institucional.

Y todo esto revela una verdad incómoda: el fútbol peruano no tiene visión, tiene nostalgia. No proyecta, rastrea. No planifica, hereda. Hemos delegado el trabajo duro de formar a nuestros deportistas a otros países, a otras federaciones, a otros sistemas que sí creen en el deporte como política de Estado. Mientras tanto, en el Perú, seguimos en la fase “si tiene sangre peruana, ya es nuestro”, porque más allá de la genética, no tenemos nada que ofrecerles.

Celebrar la nacionalidad oculta de deportistas exitosos es el equivalente a aplaudirle al espejo por parecerse a alguien famoso. Es autoengaño con estribillo patriótico. Un parche simbólico para ocultar que el sistema deportivo peruano está desahuciado: sin estructura, sin proyección y sin liderazgo. Pero eso sí, con muchos tuiteros y federativos dispuestos a colgarse de cualquier apellido con sabor andino.

¿Y qué hace la dirigencia?. En lugar de construir un modelo deportivo decente, se dedica a espiar árboles genealógicos. En lugar de invertir en bases, siguen apostando por milagros. Porque claro, formar un jugador desde los 8 años cuesta millones, pero encontrar uno con tatarabuelo peruano solo requiere de un community manager con acceso a MyHeritage.

Reflexión final
Tal vez sea momento de asumirlo: en Perú no formamos deportistas, formamos cazadores de apellidos. El día que haya una verdadera política deportiva que empiece en las escuelas, que garantice acceso a infraestructura, que profesionalice a los técnicos, que descentralice los recursos, ese día ya no necesitaremos buscar en el extranjero lo que deberíamos construir en casa.

Pero como eso requiere trabajo serio, probablemente seguiremos celebrando cada vez que alguien con una mamá peruana meta un gol en Moldavia. Porque así funciona el fútbol peruano: no se juega en la cancha, se juega en la cuna. Y si no ganamos torneos, al menos ganamos parentescos.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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