Machu Picchu, ese símbolo nacional que alguna vez nos colocó en los ojos del mundo, hoy parece un recuerdo administrativo empolvado. En lugar de celebrarla, cuidarla y promoverla, nuestras autoridades han optado por invisibilizarla. Y cuando no la esconden, la manosean con medidas que desincentivan al turista y exasperan al sector empresarial. Mientras Dina Boluarte habla de futuro en discursos huecos, la joya incaica se cae a pedazos bajo el peso de la burocracia, la improvisación y el desinterés. El colmo: recientemente, importantes medios y entidades internacionales han dejado de incluir a Machu Picchu en los rankings de destinos turísticos más atractivos del mundo. Y nadie en Palacio se ha inmutado.
Desde el 1 de agosto, el Ministerio de Cultura —con su peculiar lógica— ha dispuesto que mil entradas para Machu Picchu se vendan presencialmente en Aguas Calientes. ¿Qué ha provocado esta «brillante» idea?. Largas colas, pernoctaciones al aire libre, caos en el acceso y frustración de visitantes que llegan al Perú con boleto aéreo, pero no con boleto a la ciudadela. El turismo no se activa a fuerza de filas y maltrato, pero para el gobierno parece que sí.
El presidente de la Cámara de Comercio del Cusco, José Santoyo Vargas, no se guardó nada: “estamos generando burocracia y costos al Estado”, sentenció. Denunció, además, que esta decisión no solo afecta al viajero, sino a toda la cadena turística regional que depende de la predictibilidad y eficiencia en la gestión del ícono mundial. Pero ¿qué hizo el Ministerio de Cultura?. Siguió adelante. ¿Y Dina Boluarte?. Siguió ausente.
La medida no solo ha sido impopular, ha sido contraproducente. Machu Picchu —la misma que fue reconocida como una de las siete maravillas del mundo moderno— ha desaparecido de los rankings turísticos más prestigiosos del planeta. La omisión no es casualidad: es consecuencia. Cuando se maltrata al turista, cuando se ignora al sector privado y cuando se politiza el acceso a nuestro patrimonio, lo que se pierde no es solo imagen: se pierde valor real, ingresos, oportunidades y reputación global.
Pero no, en vez de una plataforma moderna, eficiente y transparente, seguimos atrapados en decisiones que parecen sacadas de un sketch: boletos repartidos como fichas de panadería, atención improvisada y ventanillas que no resuelven nada. Para colmo, los gremios del Cusco ni siquiera han sido convocados a una mesa técnica. Así se toma decisiones en este gobierno: desde Lima, sin saber lo que ocurre en las montañas.
Y no hablemos de promoción. Porque ni PromPerú ni el Ministerio de Cultura han movido un dedo serio por reconquistar la atención internacional. Las campañas turísticas son difusas, desarticuladas y ausentes de creatividad. ¿Cómo esperan que Machu Picchu vuelva a los primeros lugares si ni siquiera garantizan que los turistas puedan entrar?.
No basta con tener una maravilla. Hay que cuidarla, protegerla, promocionarla. Y eso no se logra con discursos de 4 horas en el Congreso, sino con gestión seria, con diálogo real, con plataformas digitales funcionales y con liderazgo que entienda que el turismo no es adorno: es motor de desarrollo. Cada turista frustrado es una inversión perdida. Cada fila sin boleto es una oportunidad que se va. Cada omisión en los rankings globales es un golpe a nuestra imagen.
Reflexión final
Machu Picchu resiste porque es piedra sagrada, pero la paciencia del mundo no es igual de milenaria. La indiferencia de Dina Boluarte y sus ministros está borrando al ícono más valioso del Perú del mapa turístico global. Hoy no basta con indignarse: hay que exigir acción. Porque si el Estado no protege lo que le da identidad, ¿qué queda? Una cola eterna, una entrada sin vender, una maravilla sin rumbo.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
